Félix no se contuvo ni un poco.
—Si no fuera por ti, papá no habría muerto, a mi hermana no la habrían echado y nuestra familia estaría viviendo feliz.
»Cuando papá nos dejó, si hubieras sido sensata, todo el dinero que teníamos habría sido suficiente para vivir cómodamente el resto de nuestras vidas. Pero no, tenías que ponerte a mantener a un vividor. El desastre en el que estamos metidos es culpa tuya, te lo buscaste solita.
Félix hablaba cada vez con más intensidad.
—Sí, soy un desastre, un bueno para nada, un perdedor. ¡Pero al menos no ando lastimando a la gente, ni haciendo porquerías, y mucho menos humillando a otros!
»¡Pero tú no! Por puro egoísmo te llevaste todo por delante. Incluso a mí, tu propio hijo, me tratabas con desconfianza cuando te convenía.
»¡Solo te importó disfrutar de tus lujos, sin pensar nunca en la vergüenza que me hacías pasar!
»¡Te lo digo en serio, hoy en día me da vergüenza admitir que eres mi madre! ¡Me da miedo que la gente se burle de mí!
Félix soltó de golpe todo lo que llevaba guardado en el pecho.
Al escucharlo, Eloísa enfureció; quiso gritarle, pero la voz se le quedó ahogada en la garganta. En la situación en la que se encontraba, no le quedaba más remedio que tragar su orgullo y humillarse.
—Está bien... acepto. Te daré Villa Montaña.
Nanette levantó ligeramente la mirada, pero sus ojos claros no reflejaban ni una pizca de compasión.
—Perfecto. Prepararé la Escritura de Cesión Gratuita de inmediato.
Eloísa se acomodó el cabello alborotado y esbozó una sonrisa cargada de amargura.
—Ver me así... ¿te hace feliz, verdad?
—No está mal —respondió Nanette con simpleza.
Eloísa miró a Félix y dejó escapar un largo suspiro.
—Sé que Félix solía hacerte la vida imposible, pero en el fondo, siempre te ha visto como su hermana. Él es lo que más me preocupa en este momento. ¿Podrías, por favor, cuidarlo un poco? Evita que se junte con malas compañías.
Nanette soltó una risa seca.
—Mientras no esté cerca de ti, dudo mucho que se eche a perder.
***
De vuelta en el auto, Nanette sacó el collar de nuevo y se quedó contemplándolo en silencio.
—¿Quieres que te ayude a ponértelo? —le preguntó Noel con voz suave.
Ella asintió levemente.
—Sí.
Se apartó el cabello, dejando al descubierto su cuello suave y radiante.
Noel, con movimientos delicados, le abrochó el collar.

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