A quienes habían visto eran nada menos que a Camila Mancilla y a Galileo Godoy.
Esos dos, que antes no se soportaban, ahora estaban sentados juntos, compartiendo como si fueran amigos de toda la vida.
Era casi cómico.
Por suerte, Galileo y su acompañante no los habían notado.
Además, el gerente les había reservado un espacio privado que bloqueaba perfectamente la vista hacia esa mesa, aplicando a la perfección el dicho de «ojos que no ven, corazón que no siente».
El propio gerente los estaba atendiendo con esmero.
—Señor Cortés, señora Cortés, no se preocupen por ordenar. Ya di la instrucción de que les preparen nuestras mejores especialidades para que las prueben.
Nanette seguía sintiéndose bastante incómoda con lo de «señora Cortés».
—Por favor, puede llamarme solo...
Noel la interrumpió de tajo.
—Excelente. Traiga las especialidades de la casa.
El gerente añadió con una sonrisa:
—El jefe también me pidió informarles que esta comida va por cuenta de la casa. Así que, cuando terminen, pueden retirarse sin preocupaciones.
Noel sonrió de manera sutil.
—Agradezca a su jefe de mi parte, pero preferimos no abusar de su hospitalidad. Dígale que pagaremos la cuenta.
—El jefe insistió en que si el señor Cortés pagaba, él tendría serios problemas para darle la cara a Venancio —bromeó el gerente.
Nanette soltó una carcajada.
—Parece que estamos condenados a comer gratis hoy.
—Es un verdadero honor para nuestro humilde restaurante recibir al señor y a la señora Cortés.
—De acuerdo —cedió Nanette—, haremos lo que su jefe diga.
—Muy bien, señora Cortés. Si necesitan algo, estoy a su entera disposición.
—No creo que necesitemos nada, pero respecto a ese título que usa...
—Puede retirarse —ordenó Noel.
El gerente hizo una reverencia y se marchó.
Nanette lo miró con el ceño fruncido.
—Lo hiciste a propósito.
La mirada de Noel se inundó de ternura.
—¿A propósito qué?
—No me dejaste hablar.
—No había nada que aclarar.
—No iba a permitir que siguiera llamándome «señora Cortés».

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