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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 897

¡Qué parejita tan unida!

¡Esa mujer ni siquiera le había dirigido la palabra!

¡Lo trató como a un total extraño!

¡Nanette, eres increíble!

La furia de Galileo, al no encontrar una vía de escape, terminó ensañándose con el vaso que estaba sobre la mesa.

Lo estrelló contra el suelo, haciéndolo añicos.

El gerente ni siquiera hizo el ademán de detenerlo.

Total, el presidente Godoy estaba podrido en dinero. Si quería romper vasos, que rompiera todos los que quisiera; ya pagaría los nuevos.

Camila lo observó sin la más mínima expresión en el rostro y resopló.

—Galileo Godoy, ¿sabes por qué siempre sales perdiendo?

Galileo tiró del cuello de su camisa, asfixiado por la rabia.

—¡Dime!

—Pierdes porque eres un inmaduro infantil, incapaz de controlar tus berrinches, y encima, porque no sabes mantener la bragueta cerrada —dijo Camila con un tono perezoso—.

»No le llegas ni a los talones al señor Cortés. Él sí sabe lo que es la lealtad; amó a su exesposa durante diez años sin mirar a nadie más.

Galileo se quedó helado.

—¿Qué acabas de decir?

Camila continuó sin alterarse:

—Galileo, de verdad que no sabes absolutamente nada de la mujer con la que te casaste. ¿O acaso no sabías que ella y Noel se conocieron hace diez años?

»Para ser más exacta, el señor Cortés la vio y cayó perdidamente enamorado de ella a primera vista.

Camila esbozó una sonrisa cargada de hielo.

—La mujer a la que tú pisoteaste es el sueño inalcanzable de otro hombre desde hace una década. Si Nanette no se hubiera empeñado en casarse contigo, hoy en día sería la señora Cortés. Tú ni siquiera figurarías en el mapa.

»Pero no, preferiste meterte en la cama con tu propia cuñada en lugar de valorarla. La empujaste hasta que te pidió el divorcio, y de paso, le hiciste el favor de dejarle el camino libre a dos personas que sí se aman.

»Así que, Galileo, ¿de qué te quejas? Todo este desastre en el que estás metido lo provocaste tú solito.

Galileo frunció el ceño, con el rostro ensombrecido.

—¿Ya terminaste de escupir veneno?

Camila blanqueó los ojos.

—Yo termino de hablar cuando me dé la gana, no cuando tú lo ordenes. A mí no me vengas con tus aires de jefe.

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