Ya en el coche, Noel fue directo al grano con Irene:
—¿Cuándo te vas?
—El próximo miércoles. Ya tengo comprado el boleto del tren —respondió Irene.
—Falta una semana entera.
Noel se quedó tecleando algo en su celular por unos momentos. Cuando terminó, volvió a hablar.
—Si de verdad quieres cortar por lo sano y no volver a cruzarte con él, lo mejor es que no regreses al departamento que te pagaba. Ya te reservé una habitación de hotel para esta semana.
Irene, conmovida hasta las lágrimas por aquel gesto inmerecido, sintió un nudo en la garganta.
Él había calculado que Galileo iría a buscarla y se había tomado la molestia de asegurar su bienestar en un hotel.
Era un hombre con una agudeza y un nivel de detalle asombrosos.
—Señor Cortés...
—No lo hago por ti —soltó él, de forma casi cortante.
Aquellas palabras sonaron duras, pero Irene logró controlar sus emociones y esbozó una sonrisa comprensiva.
—Lo sé. Lo hace por Nanette.
Nanette contempló el perfil de Noel y sintió unas ganas irrefrenables de darle un beso.
En sus veintiocho años de vida, jamás había sentido que la mimaran con tal nivel de devoción. Se sentía un poco abrumada por tanto cariño.
—¿Prefieres ir primero al departamento por tus maletas o quieres que te dejemos directamente en el hotel? —preguntó Noel.
—Quiero ir primero a recoger mis cosas.
El auto se detuvo finalmente frente a la entrada del edificio donde vivía Irene.
Irene dudó un momento, con las palabras atoradas en la boca.
Nanette adivinó lo que quería decir y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Cuídate mucho. El día que te vayas, me gustaría estar ahí para despedirte.
Esta vez, Irene no puso objeciones.
—De acuerdo.
Pensó que tal vez, si alguien iba a despedirla, el viaje hacia su nueva vida no le parecería tan desolador.
—Señor Cortés, Nanette... gracias por todo.
Y no se refería únicamente a lo que había pasado en el restaurante.
Lo que más valoraba era el inmenso respeto con el que la habían tratado desde el principio.
—Les deseo que envejezcan juntos y sean muy felices.
Nanette bajó la ventanilla mientras veía cómo Irene se alejaba.
—Irene.
La chica se detuvo y giró para mirarla.

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