Al final, fue esa misma hija adoptiva, a la que tanto había despreciado y lastimado, quien terminó tendiéndole la mano sin guardarle rencor.
Nanette no quiso alargar la visita.
—Me voy, cuídate mucho.
—¡Nanette!
Eloísa corrió tras ella de repente.
Nanette se detuvo y giró sobre sus talones.
—¿Qué pasa ahora?
Eloísa le tomó la mano y depositó en ella una tarjeta bancaria.
—En esta tarjeta hay cincuenta millones de pesos. Tómala.
Nanette la miró, verdaderamente desconcertada.
—¿Por qué me das este dinero?
—Tómalo como mi forma de darte las gracias, y también como una pequeña compensación por todo lo que te he quedado a deber todos estos años.
Nanette sonrió.
Pero era una sonrisa amarga.
—Desde el principio, lo único que siempre quise no fue el dinero de la familia Larco. Lo que yo quería era amor. El amor de un padre, el amor de una madre. Pero...
»Pero tú jamás me lo diste. Lo único que recibí de ti fueron interminables humillaciones y maltratos.
»¿De verdad crees que cincuenta millones pueden borrar todo ese daño?
Nanette le devolvió la tarjeta.
—Quédate con el dinero. No lo necesito.
Dicho esto, dio media vuelta y se marchó.
La voz de Eloísa flotó a sus espaldas.
—Nanette, ¿irás a visitarme a la cárcel?
Nanette no se detuvo ni respondió. Caminó con paso firme y decidido.
Abrumada por el arrepentimiento, Eloísa dejó caer sus primeras lágrimas sinceras en años.
Félix habló a su lado con un tono melancólico.
—Si hubieras sabido que esto pasaría, no te habrías portado tan mal. Ahora por fin te das cuenta de que mi hermana nunca necesitó dinero, ni le interesó la herencia de los Larco.
»Si la hubieras tratado bien desde el principio, hoy seguiríamos siendo una familia, y tú estarías orgullosa de tener a una hija tan increíble. En cambio, míranos, somos un par de extraños para ella.
Eloísa se secó las lágrimas y miró a su hijo durante largo rato.
Esa mirada fija hizo que Félix sintiera un escalofrío.
—Mamá, si vas a regañarme, hazlo y ya, pero no me mires así, das miedo.

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