Nanette volteó la cara de inmediato, incapaz de seguir mirando.
No se atrevía a ver.
No quería ver.
Apretó el botón del ascensor.
Pero al hacerlo, notó que el dedo le temblaba.
Las puertas se abrieron y ella entró con paso apresurado, casi huyendo.
Hugo se sorprendió mucho al verla bajar tan pronto.
Al notar que estaba pálida y desencajada, preguntó de inmediato:
—Señorita Larco, ¿se encuentra bien?
Nanette volvió en sí y esbozó una sonrisa forzada.
—Ah, sí, no es nada.
—¿Por qué bajó tan rápido?
—Yo...
¿Qué se suponía que debía decir?
—¡Nanette!
Al escuchar esa voz tan familiar, recordó que Venancio también vivía en Altavista Premier y, como tanto deseaba, se había convertido en vecino de Noel.
Venancio venía de correr. Llevaba ropa deportiva gris claro, y se veía lleno de energía y bastante atractivo.
—¿Viniste a ver a Noel?
—No, solo pasaba por aquí —mintió ella—. Pensaba subir a saludar, pero recordé que tengo un asunto pendiente, ya me voy.
Venancio presintió que algo no encajaba.
—Pero si ya estás aquí, ¿por qué no subes a verlo un segundo antes de irte?
—Fui, pero no estaba.
—Qué raro. Hace apenas veinte minutos lo llamé para invitarlo a correr y me dijo que no podía porque estaba muy ocupado con algo.
Nanette se quedó sin palabras.
Al parecer, la mentira no se sostenía.
Venancio ya estaba cien por ciento seguro de que algo había pasado.
—Ven, vamos arriba. Yo también necesito hablar con él.
Pero Nanette lo sujetó del brazo y exclamó sin pensar:
—¡No vayas!
—¿Por qué no?
—No es nada, simplemente no vayas.
Venancio se quedó en silencio un par de segundos, a punto de decir algo, pero finalmente se contuvo.
—Hugo, ve a comprar algo de cenar por tu cuenta. Yo me llevaré a Nanette un rato a mi departamento para que se relaje.
Hugo no hizo más preguntas.
—Entendido.
Venancio la tomó de la muñeca.

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