El restaurante en el corazón de Polanco era un escenario de poder.
Las mesas, vestidas con manteles de lino blanco, estaban espaciadas para permitir conversaciones privadas. El aire olía a dinero, a perfume caro y a la comida exquisita que salía de la cocina. Era el abrevadero de la élite, y Valentina se sentía como en casa.
Sentada en el centro de una mesa redonda, rodeada de otras socialités, se deleitaba con la atención. El desastre de su perfume había sido olvidado, eclipsado por el inminente triunfo de Simón en el concurso del MUNAM. Y ella, por asociación, volvía a brillar.
La conversación era un murmullo superficial de chismes sobre bodas, divorcios y las últimas adquisiciones de arte. Valentina sonreía, asentía, pero apenas escuchaba. Su mente estaba saboreando su propia victoria secreta. Se sentía la arquitecta invisible del éxito de Simón, la estratega en la sombra.
La excesiva confianza, sin embargo, es un vino que embriaga y suelta la lengua.
Una de las mujeres, la esposa de un banquero, se inclinó hacia ella con una sonrisa conspiradora.
—Valentina, querida, debes contarnos —dijo, su voz era un susurro almibarado—. ¿Cómo lo hace Simón? Parece que todo lo que toca lo convierte en oro. El proyecto del MUNAM ya se da por hecho que es suyo.
Valentina tomó un sorbo de su copa de champán, dejando que la pregunta flotara en el aire por un momento. Sintió todas las miradas sobre ella. Era su momento.
—Simón es brillante, por supuesto —respondió, su tono era modesto, pero sus ojos brillaban de orgullo—. Nadie puede negar su genio.
Hizo una pausa, creando suspense.
—Pero a veces, hasta los genios necesitan un pequeño empujón en la dirección correcta.


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