El color había desaparecido del rostro de Simón. El papel del informe parecía haberle drenado la sangre, dejando una palidez cerosa bajo la luz dorada del bar.
Levantó la vista del documento, sus ojos fijos en Vargas, buscando una explicación, una grieta en la lógica, cualquier cosa que le permitiera negar lo que acababa de leer.
—Esto… —su voz era un susurro ronco, apenas audible—. Esto es imposible.
Tragó saliva, el nudo en su garganta se sentía como un puño.
—Mi padre… Mi padre me dijo que la evidencia no era clara. Me aseguró que habías sido negligente, que la culpa era tuya por no asegurar el servidor.
La mirada de Vargas no flaqueó. No había triunfo en sus ojos, solo una profunda y agotada resignación.
—Tu padre te dijo lo que necesitabas oír —lo interrumpió Vargas, su voz era tranquila, pero cortante—. Te dijo lo que la empresa necesitaba que creyeras.
Simón negó con la cabeza, un gesto instintivo de rechazo. —No. ¿Por qué? ¿Por qué mentiría?
Vargas se inclinó ligeramente sobre la mesa, su calma convirtiéndose en una lección paciente y brutal.
—Piensa en el momento, Simón. ¿Recuerdas lo que estaba pasando en la empresa en esas semanas?
Simón frunció el ceño, buscando en su memoria, más allá de la niebla de su propia furia y dolor de aquel entonces.
—Estábamos… estábamos preparando la oferta pública inicial —dijo lentamente, las piezas comenzando a encajar con una resistencia dolorosa.



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