La ira de Simón se había consumido, dejando solo las cenizas frías de la humillación. Miró a Vargas, su mente luchando por procesar la traición de su padre, la manipulación, la mentira que había sido su vida.
Pero aún quedaba una pieza suelta. Una pregunta que colgaba en el aire, tan pesada y oscura que no se atrevía a formularla.
Vargas pareció leer su mente. Su mirada se suavizó con algo parecido a la lástima.
—Hay más, Simón —dijo en voz baja—. La parte que Abril nunca te contaría. La parte que explica por qué aceptó todo esto.
Simón se tensó. —¿Qué quieres decir?
Vargas suspiró, un sonido cargado con el peso de cinco años de silencio. —El matrimonio. Tu noble sacrificio. Nunca entendiste por qué ella aceptó casarse contigo tan rápido, ¿verdad?
Simón frunció el ceño. Recordaba la confusión de aquellos días. Su propia miseria era tan abrumadora que apenas había reparado en los detalles. Su padre se lo había presentado como una solución honorable. Un acuerdo.
—Mi padre habló con ella… le explicó la situación…
—Oh, habló con ella, sí —dijo Vargas, y había un filo de acero en su voz—. Justo después de que saliera del hospital.
La mención del hospital fue como un golpe bajo. Simón recordó vagamente el accidente. Su propia borrachera, la discusión con Valentina por teléfono, la velocidad, el destello de los faros… y luego, la imagen borrosa de Abril en el asiento del copiloto.
—Para tu padre —continuó Vargas, cada palabra era un martillo que demolía los últimos pilares de la realidad de Simón—, tu accidente no fue una tragedia. Fue una solución divina. Una oportunidad de oro.


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