El edificio corporativo de "Ortiz Media" era un monolito de cristal y acero que se alzaba sobre el Paseo de la Reforma, un testamento del poder de su dueño.
Abril atravesó el lobby de mármol, sintiendo las miradas curiosas de los empleados. Su traje sastre color marfil y su aire de tranquila determinación la hacían destacar.
Anunció su llegada en la recepción y, en menos de un minuto, una mujer de aspecto profesional y eficiente bajó a recibirla.
—¿Señora Lozano? Soy Laura, la asistente del señor Ortiz. Por favor, acompáñeme.
El uso de su apellido de soltera fue el primer indicio del nivel de respeto que le esperaba.
Laura la condujo a una sala de juntas en uno de los pisos más altos. Las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de la Ciudad de México. No había opulencia innecesaria, solo un diseño impecable y funcional.
—El señor Ortiz lamenta no poder recibirla personalmente, ha tenido que tomar un vuelo de última hora a Nueva York —explicó Laura mientras le ofrecía una botella de agua—. Pero me ha dado instrucciones muy precisas.
Se sentó frente a Abril y deslizó una tableta sobre la mesa de caoba.
—El señor Ortiz desea contratar sus servicios para la creación de una fragancia personal. Única en el mundo.
Laura la miró con seriedad.
—Sus directrices fueron tres palabras: poder, tradición y calma.
Abril asintió, su mente ya trabajando, visualizando combinaciones de maderas nobles, resinas antiguas y hierbas que calmaran la mente.
—En cuanto al presupuesto... —continuó Laura—, no hay límite. El señor Ortiz valora la excelencia por encima de todo.
Deslizó una carpeta de cuero frente a Abril.
—Este es el contrato. Estipula la exclusividad de la fórmula y los términos de confidencialidad. También incluye un adelanto para la adquisición de materiales, investigación y cualquier gasto operativo que usted considere necesario.

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