Habían pasado varias semanas.
El mundo de Simón se había reducido a un ritual silencioso de penitencia. La concha de pan anónima en el escalón de la boutique. La presencia fantasmal en la última fila de sus conferencias. Eran pequeños actos de humildad, ofrendas silenciosas que no pedían respuesta.
Abril, por su parte, mantenía una distancia profesional. Había registrado sus gestos, archivándolos en un rincón de su mente con una curiosidad cautelosa, pero seguía adelante, inmersa en la expansión de su imperio.
El silencio, sin embargo, era insoportable para Valentina.
Rechazada por Simón, humillada por la industria y financieramente arruinada, su mundo se había reducido a las cuatro paredes de su penthouse en Polanco. El odio era lo único que la mantenía en pie. Un odio tan puro y concentrado que se había convertido en su única razón para existir.
Si no podía tener a Simón, se aseguraría de que Abril no tuviera nada.
Contactó a un hombre llamado Germán Acosta, un periodista de tabloides cuya reputación era inversamente proporcional a su falta de escrúpulos. Era un chacal, un carroñero que se alimentaba de las reputaciones destruidas de los ricos y famosos.
Se encontraron en un bar de hotel de baja categoría cerca del aeropuerto, un lugar anónimo y de paso, perfecto para las conspiraciones.
Acosta, un hombre de mediana edad con ojos pequeños y una sonrisa grasienta, la escuchó con un interés depredador.
—Tengo una historia para ti, Germán —dijo Valentina, su voz era un susurro seductor, pero sus ojos brillaban con una luz febril—. Una historia que te hará famoso.
Le vendió una obra de ficción magistral, una mentira tejida con hilos de verdad que la hacían casi creíble. Le habló de su tiempo en Milán, de cómo, en la soledad de su estudio, había desarrollado una fórmula revolucionaria, una fusión de la tradición oaxaqueña y la técnica europea.
—Era mi obra maestra —dijo, sus ojos llenándose de lágrimas de cocodrilo—. La llamé 'Raíces del Cielo'.
Acosta se inclinó, oliendo la sangre.
—Y Abril Lozano, mi supuesta amiga, la mujer a la que acogí cuando no era nadie, me la robó.



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