La gran mesa de caoba del comedor de la hacienda Ferrer brillaba bajo la luz de los candelabros. Era un mueble que había sido testigo de cenas de estado, de acuerdos multimillonarios, de generaciones de poder familiar.
Esa noche, era el escenario de una insurrección.
Simón había convocado la reunión. No como una petición, sino como una orden.
Don Alejandro Ferrer estaba sentado a la cabecera, su postura era la de un rey en su trono. Su rostro, normalmente una máscara de control impasible, mostraba grietas de una furia contenida.
Simón estaba de pie al otro extremo de la mesa. No parecía un hijo suplicante. Parecía un igual.
—Gracias por venir, padre —dijo Simón, su voz era tranquila, desprovista de la ira o el dolor de su último encuentro. Era la calma de una decisión irrevocable.
—Habla, Simón. Tengo asuntos más importantes que atender que tus dramas personales —replicó Don Alejandro, su desdén era palpable.
Simón no se inmutó.
—Mañana por la mañana, a las diez, he convocado una rueda de prensa en las oficinas de Ferrer Arquitectos.
Don Alejandro enarcó una ceja.
—Voy a contar la verdad —continuó Simón—. La verdad completa. Sobre el escándalo de hace cinco años. Voy a limpiar públicamente el nombre de Ramiro Vargas. Y voy a detallar el encubrimiento que la junta directiva, bajo tu liderazgo, orquestó para proteger el valor de la empresa.
El silencio que siguió fue denso, pesado. Don Alejandro lo miró fijamente, sus ojos se entrecerraron hasta convertirse en dos esquirlas de hielo.
—¿Te has vuelto loco? —siseó.
—Al contrario —dijo Simón—. Por primera vez en mi vida, estoy completamente cuerdo.
—Vas a arrastrar el nombre de esta familia por el lodo. Vas a destruir décadas de trabajo, de reputación. ¿Por qué? ¿Por una mujer que te desprecia?
La pregunta de su padre era la última bala que le quedaba en la recámara, el último intento de apelar a su orgullo herido.


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