El aire dentro del Museo Nacional de Arte era fresco y olía a tiempo.
Abril caminó por los vastos salones de mármol, sus pasos resonando suavemente en el silencio reverente. El mundo exterior, con su ruido y sus escándalos, parecía desvanecerse, reemplazado por la calma majestuosa de siglos de creación.
Necesitaba un santuario. Y el arte siempre había sido su iglesia.
Pasó junto a los retratos virreinales, junto a los paisajes bucólicos del siglo XIX. Buscaba algo específico. Un eco de la tormenta que sentía en su interior.
Lo encontró en una sala dedicada a los grandes muralistas y paisajistas del siglo XX.
El cuadro la dominaba. Era un lienzo enorme, vibrante de color y energía violenta. Un paisaje volcánico del Dr. Atl.
El volcán Paricutín en plena erupción. El cielo era una vorágine de naranjas, rojos y negros, una herida abierta de la que emanaba humo y ceniza. La lava, una serpiente de fuego líquido, descendía por la ladera, devorando todo a su paso: árboles, casas, una iglesia cuyo campanario se asomaba tristemente entre el río de roca fundida.
Era una imagen de destrucción absoluta.
Pero mientras más lo miraba, más veía otra cosa.
No era solo el final de un mundo. Era el nacimiento de uno nuevo.
La lava, al enfriarse, se convertiría en nueva tierra. Fértil. Poderosa. Un paisaje transformado, renacido del fuego.
La destrucción y la creación, ocurriendo en el mismo instante.
Reflexionó sobre su propia vida, viéndola reflejada en el lienzo ardiente.
La destrucción de su carrera como bailarina. El accidente, el dolor, el final de un sueño. Pero de esas cenizas, había nacido la perfumista. Su verdadera vocación, su verdadero poder, forjado en el fuego de esa primera pérdida.
Y ahora, la destrucción de su matrimonio. Cinco años de mentiras, de humillación, de un amor no correspondido, todo demolido en una espectacular erupción pública.
La pregunta que la atormentaba era: ¿qué nacería de estas nuevas cenizas?
¿Qué tipo de paisaje quedaría después de que la lava de la ira y el dolor se enfriara?

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