La entrega llegó a "Aromas del Alma" a media mañana.
Venía en una caja de madera sellada, con los logos de la empresa de Ismael Corona y todos los certificados de importación y pureza en regla.
Dentro, protegido por espuma de seda, había un frasco de cristal oscuro. Contenía el legendario aceite de nardo. El corazón de la fragancia que Abril estaba creando para el jeque Al-Fahim. Su contrato más importante. Su pasaporte al escenario mundial.
Uno de sus asistentes firmó la recepción y llevó la caja al taller privado de Abril.
—Llegó el nardo, señora Lozano.
—Gracias, Carlos. Déjalo en la mesa de trabajo, por favor.
Abril sintió una punzada de emoción. Este era el momento culminante de la creación. La pieza final del rompecabezas olfativo.
El empaque era perfecto. El frasco, pesado y frío al tacto. Desenroscó el tapón.
El aroma inicial que flotó en el aire era correcto. Tenía esa nota terrosa, almizclada y a la vez floral que caracterizaba al nardo del Himalaya.
Todo parecía estar en orden.
Se preparó para comenzar. Se puso su bata de lino blanco, se recogió el cabello y dispuso sus herramientas sobre la mesa de mármol: pipetas de cristal, balanzas de precisión, vasos de precipitados.
Abrió el frasco de nardo de nuevo para extraer la primera muestra. Introdujo una varilla de cristal para probar la consistencia.
Y fue entonces cuando sintió la primera señal.
Algo casi imperceptible. Una leve anomalía.
La textura.
El aceite puro de nardo era denso, casi resinoso. Este... este se sentía un poco más ligero. Tenía una leve viscosidad resbaladiza que no debería estar ahí.
Frunció el ceño.
Podía ser su imaginación. Una variación natural de la cosecha.


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