Con la evidencia a buen recaudo, Abril sintió un cambio en su interior.
La energía oscura de la investigación, la tensión de la conspiración, dio paso a una calma creativa.
Era hora de volver a su arte. Era hora de contar la siguiente parte de su historia, no con palabras, sino con aromas.
Decidió que era el momento de lanzar su creación más personal hasta la fecha. Un perfume que no sería un encargo para un cliente, sino una declaración para el mundo.
Una fragancia que encapsularía todo lo que había aprendido, todo lo que había sufrido y todo en lo que se había convertido.
Regresó a su taller, pero esta vez no consultó el grimorio de su abuela. Miró hacia adentro.
El proceso creativo fue diferente a cualquier otro que hubiera experimentado. No se trataba solo de equilibrar notas de salida, corazón y fondo. Se trataba de destilar una emoción. De embotellar un concepto.
Quería crear el aroma de la verdad.
Comenzó con el palo santo, la madera sagrada de los Andes. Quemó una pequeña astilla, dejando que el humo aromático y dulce llenara el taller. Era el aroma de la purificación, de la limpieza de las malas energías, de la eliminación del pasado.
Luego, añadió la salvia blanca, la hierba usada por los chamanes de Norteamérica para limpiar el espíritu. Su aroma era agudo, herbal y penetrante. Era la esencia de la claridad, de la visión sin obstáculos. Era el olor de la niebla al disiparse.


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