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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 94

El Palacio de Bellas Artes era un caos majestuoso.

A pocas horas de la gala, el gran vestíbulo de mármol era un hervidero de técnicos, floristas y personal de catering que corrían en todas direcciones. El eco de las pruebas de sonido rebotaba en las altas cúpulas, y el olor a cera para pulir y a lirios recién cortados se mezclaba en el aire.

En medio de todo, Simón Ferrer se sentía como un rey supervisando la construcción de su propia pirámide. Pero no sentía poder. Sentía un estrés agudo y un mal humor que se aferraba a él como la humedad del verano.

Todo tenía que ser perfecto. La iluminación, el sonido, la colocación de cada silla. Era la noche que definiría su legado, y cada detalle fallido era una afrenta personal.

Ladró una orden a un técnico de iluminación que estaba ajustando un foco, su voz más áspera de lo necesario. Vio a su asistente palidecer ante su tono y no le importó. Su paciencia se había reducido a un hilo fino y quebradizo.

Pero la verdadera fuente de su ansiedad no estaba en los detalles técnicos de la gala. Estaba a kilómetros de distancia, en una boutique de la colonia Roma.

Se retiró a un rincón más tranquilo, detrás de una de las imponentes columnas de mármol, y sacó su teléfono. Necesitaba oír su voz. Necesitaba, por un instante, sentir que todavía tenía algún tipo de control sobre ella, sobre su vida juntos.

Buscó una excusa, un pretexto tan delgado como el papel de fumar, pero que le sirviera para establecer contacto. La logística. El transporte. Algo innegablemente práctico.

Marcó su número.

Ella contestó al segundo tono, su voz era un remanso de calma en medio de su caos personal.

—Diga.

—Abril, soy yo —dijo él, tratando de que su voz sonara autoritaria y no desesperada—. Estoy en Bellas Artes, revisando los últimos detalles.

—Qué bien, Simón. Espero que todo esté saliendo como quieres.

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