—Muchas gracias, abuela, pero en el trabajo me va bastante bien, no creo que necesite molestar al señor Vargas.
La señora de limpieza trajo unas galletas y fruta picada, y la abuela le insistió mil veces a Elena para que comiera.
En la mesita había un álbum de fotos. La abuela Vargas lo abrió y le señaló una foto donde aparecían tres niños:
—Mira, este es Alejandro con sus hermanos.
Elena se quedó viendo al Alejandro de unos siete u ocho años; le pareció que desde chiquito ya tenía esa misma cara de seriedad y porte que lo caracterizaba.
La abuela Vargas siguió hablando:
—Sus padres siempre estaban absortos en sus propios asuntos y nunca tuvieron tiempo para los niños. Así que, prácticamente, mi viejo y yo los criamos a los tres. De chiquito, Alejandro era bien travieso, pero mi esposo lo educó con tanta rectitud que lo volvió un adulto en miniatura; se le quitó lo divertido.
Hace unos años, su hermano menor, Matías, tuvo un accidente grave. Alejandro y él eran uña y mugre, así que eso le pegó durísimo, se deprimió bastante... Sumado al peso de tener que encargarse de los negocios de los Vargas, se volvió así de callado. Pero en el fondo, Alejandro tiene un corazón de oro y protege a su familia con todo. Ya te irás dando cuenta.
A través de las anécdotas de la abuela, Elena empezó a entender el pasado de Alejandro.
Siempre lo había visto como el típico hombre poderoso que lo había tenido todo, pero no imaginaba que detrás de esa imagen de perfección cargara con tanto sufrimiento invisible.
—Señora, el señor Alejandro acaba de llegar —anunció la empleada.
La abuela Vargas soltó un bufido.
—Ya empezaba a creer que el trabajo le había borrado de la memoria a su propia abuela.
Se escucharon unos pasos firmes acercándose.
Elena volteó y vio a Alejandro entrando a la sala.
Llevaba, como de costumbre, un traje oscuro de corte impecable. Su postura recta, sus facciones afiladas y ese aire de autoridad imponían respeto inmediato.
—Abuela —saludó primero a la señora, y luego posó su vista en Elena—. Señorita Navarro, qué sorpresa.
Elena le contestó con suavidad:
—Señor Vargas. Vine a visitar a la abuela Vargas y aproveché para devolverle su saco.
—A la próxima me quedo más tiempo —prometió Elena con una sonrisa.
Tomó su bolsa y caminó hacia la entrada.
La abuela le hizo mil señas a Alejandro para que la acompañara a la puerta, pero el muy terco parecía que estaba ciego.
Sin más remedio, le gritó exasperada:
—¡Alejandro! Ve a acompañar a Elena al coche, por lo menos.
Alejandro levantó la vista del celular, miró a Elena que se estaba poniendo los zapatos en la entrada, y respondió con una calma exasperante:
—Abuela, acabo de llegar, ni me he sentado bien. ¿Por qué no le dices al chofer que la lleve?
En cuanto escuchó que Elena abría la puerta y salía, la abuela Vargas le aventó un cojín a Alejandro directo a la cabeza.
—¡Con esa actitud tuya, el día que me traigas a una novia me voy a ir de espaldas! ¡De qué te sirve estar tan guapo si no sabes ni cómo acercarte a una mujer! Nada más estás desperdiciando los buenos genes de la familia. ¡Párate y ve a alcanzarla!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....