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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 153

Elena le dijo:

—Profesor, hoy viene imparable. No puedo seguirle el ritmo; déjeme descansar un momento.

Alejandro la miró en silencio, asintió y se fue a sentar a una banca cercana.

Al verlo tan callado, a Elena le picó la curiosidad; se acercó y se sentó a su lado.

Le preguntó en voz baja:

—¿Tuvo un mal día, profesor?

Llevaba puesta la careta, así que Elena no podía ver sus facciones, pero era evidente que estaba decaído.

Con tal de animarlo un poco, se le ocurrió decirle:

—¿Qué le parece si le cuento un chiste?

Alejandro no contestó.

Ella se arrancó:

—¿Qué hace una abeja en el gimnasio?

Él siguió en absoluto silencio.

Elena continuó sola:

—Zum-ba.

Alejandro se quedó mudo, sin mostrar ninguna reacción.

Elena se rio sola por un momento, pero al notar que a él no le había causado ninguna gracia, se sintió profundamente avergonzada.

En medio de ese silencio incómodo, dudó si inventar la excusa de ir al baño para escapar de ahí.

De pronto, Alejandro levantó la mano y, con sus largos dedos, le dio unas palmaditas en la cabeza.

—Mjm —murmuró él.

Elena se quedó paralizada.

Esa voz se le hizo terriblemente familiar, pero de inmediato descartó la idea.

Era imposible que Alejandro estuviera dándole clases de esgrima.

Sacudió la cabeza para borrarse esa locura, convenciéndose de que su imaginación le estaba jugando una broma muy pesada.

***

En esos días, Adriana había estado pidiendo permisos para faltar. Por sus historias de Instagram, Elena se enteró de que andaba deprimida y que eso le había pegado en la salud, así que estaba guardando reposo en casa.

Obviamente, Diego no se le despegaba ni a sol ni a sombra.

La ausencia de Adriana alivió un poco a Elena. El trabajo ya era bastante pesado de por sí, y tener que mantenerse siempre alerta por culpa de su hermanastra la dejaba exhausta.

Esa noche, después de quedarse horas extras, salió de la oficina con Emiliano.

Ante el silencio, empujó la puerta.

Al entrar, se topó de frente con la espalda desnuda del hombre. Tenía la cintura estrecha, una musculatura perfectamente definida y una postura firme que resultaba sumamente atractiva.

Elena se quedó inmóvil un par de segundos antes de reaccionar. Bajó la mirada, murmuró un “Perdón” y salió cerrando la puerta con prisa.

Alejandro volteó hacia la puerta ya cerrada y frunció el ceño.

Elena se quedó de pie en el pasillo, con la mente hecha un torbellino.

No sabía por qué, pero esa espalda ancha se le hacía demasiado conocida.

Rápidamente, reprimió de nuevo esa idea.

Seguramente todos los hombres en forma tenían espaldas parecidas.

Al fin y al cabo, los tipos guapos y atléticos compartían características físicas similares, no había por qué exagerar.

La puerta se abrió y Alejandro salió, ya completamente vestido.

Al ver que seguía usando la careta, Elena se aguantó las ganas de arrancársela y lo saludó muerta de pena.

—Profesor... discúlpeme por lo de hace un momento. No fue mi intención. Pero no se preocupe, le juro que no vi nada.

Él ni se inmutó y caminó en silencio hacia el área de práctica.

Elena asumió que a él le había dado igual y corrió a alcanzarlo.

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