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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 168

En ese momento, Sofía se acercó a ella.

Elena ya se había dado cuenta de que no le agradaba, así que no intentó conversar con ella y se limitó a quedarse a un lado.

De repente, Sofía le soltó con tono de fastidio:

—¿Tú eres esa cualquiera que, a pesar de tener marido, anda coqueteando con mi hermano?

Elena frunció el ceño.

Aquella joven tenía una apariencia delicada y encantadora, pero hablaba con una agresividad sorprendente.

Solo porque Alejandro la había ayudado varias veces, decidió no enfrentarse con ella y se dio la vuelta para marcharse.

Cuando Sofía vio que la dejaba hablando sola, se enfureció aún más.

Había crecido entre algodones, acostumbrada a que todo el mundo le hiciera caso. Nunca en su vida la habían ignorado.

Se le fue detrás y la agarró del brazo.

—¿Te quedó el saco y por eso huyes?

Elena, harta de la situación, le contestó:

—Tu hermano y yo ni siquiera somos amigos.

—¡Mentira! —le reclamó Sofía, furiosa—. Siempre estás buscándote el favor de mi abuela y rondando a mi hermano. ¿No lo haces por interés? Quieres aprovecharte de todo; eres una descarada.

Elena no quería hacer un escándalo ni que la gente se les quedara viendo. Sabía que, al final, a la niña rica no le iba a pasar nada y ella iba a quedar como la mala del cuento.

Se zafó del agarre de Sofía y siguió caminando.

Pero Sofía, de necia, se fue detrás de ella.

—¡No huyas! ¡Quédate aquí!

Sofía era algo delicada de salud, casi no iba a eventos y no estaba acostumbrada a usar tacones. Por caminar tan rápido, se torció el tobillo y perdió el equilibrio.

Justo al lado estaba la alberca.

Sofía se fue de lado y cayó directo al agua.

No sabía nadar, así que empezó a manotear, gritando por ayuda.

Elena volteó, la vio en el agua y se aventó sin pensarlo dos veces.

No estaba muy profundo. Agarrándose de las escaleras con una mano y jalando a Sofía con la otra, logró sacarla a la orilla.

Las dos salieron de la alberca. Sofía estaba pálida del susto.

A Elena tampoco le iba mejor.

Elena no tenía ánimos para explicaciones; lo único que quería era un té o agua caliente.

Como a nadie le importaba cómo se sentía, tuvo que apoyarse en la pared para caminar hasta la mesita donde estaba la jarra con agua.

En ese instante, entraron Alejandro y Sofía.

Al ver que Elena intentaba servirse, Alejandro tomó la jarra y le sirvió el vaso él mismo.

Diego apenas reaccionó y quiso acercarse a ayudar, pero ya era tarde.

Con las manos temblorosas, Elena bebió un par de sorbos de agua caliente y poco a poco fue recuperando algo de fuerza.

Después de lo del agua, la perspectiva que Sofía tenía de Elena había cambiado bastante.

Pensó que si de verdad fuera una mala persona, no la habría ayudado a salir.

Después de todo, le acababa de decir sus verdades; con que Elena no le guardara rencor ya era ganancia.

Sofía no era de darle muchas vueltas a las cosas; pasaba del coraje al cariño en un segundo.

Alejandro fue el primero en hablar:

—Sofía y yo vinimos a darte las gracias, Elena.

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