Como si no notara la mala cara de la abuela, la señora Vargas le dijo un simple «hola, mamá» y se sentó junto a Mariana.
Alejandro las ignoró por completo. Le sirvió un buen corte de carne a Elena y le dijo:
—Come.
Elena asintió y se concentró en su plato.
La abuela Vargas le indicó a la empleada:
—Sírvele un plato de consomé a Elena. Últimamente se ha desgastado mucho cuidando a Alejandro, necesita reponer energías.
La empleada asintió y le sirvió el tazón a Elena.
—Gracias, abuela —le agradeció Elena.
Al ver esto, la señora Vargas interrumpió:
—Mamá, Mariana también está débil, sírvele un poco a ella.
La abuela Vargas soltó un bufido.
—No creo que le haga falta. El otro día, cuando me empujó y mordió a Elena, tenía una fuerza brutal. Si encima la seguimos consintiendo, cualquier día termina sacándome de mi propia mesa.
La señora Vargas, molesta por el rechazo, hizo una mueca de disgusto.
Desde que Elena había entrado a sus vidas, la abuela la trataba peor que nunca.
Al final, para ella, todo terminaba siendo culpa de Elena.
Mariana bajó la mirada y dijo con la voz quebrada:
—Abuela, sé que me equivoqué. No sé qué me pasó ese día, fue un impulso y no quise ofenderla.
Al ver que la abuela la ignoraba redondamente, Mariana se dirigió a Alejandro:
—Alejandro, si tu abuela no me cree, tú sí me crees, ¿verdad?
Alejandro la miró con frialdad y, en lugar de responder, le soltó de golpe:
—Fuiste tú la que le pagó a Alondra y a su gente para que secuestraran a Elena, ¿cierto?
Mariana sintió que se le helaba la sangre.
Ya le había pagado a Alondra para que guardara silencio, así que le parecía imposible que la hubiera delatado.
—Fuiste muy cuidadosa. En vez de transferirle desde tu cuenta, le pagaste en efectivo. Pero se te pasó un pequeño detalle: cada billete tiene un número de serie único. Cuando tu chofer fue a la ventanilla a retirar el dinero, quedó registrado en el sistema del banco y en las cámaras de seguridad. Bastaba con revisar ese registro para llegar hasta ti.
Mariana lo miró con los ojos muy abiertos.
No podía creer que Alejandro hubiera investigado tan a fondo.
Aun así, seguía sin entender cómo Alondra había abierto la boca. ¡Si le había prometido pagar todos los gastos médicos de su hijo con cáncer!
—¡No, es imposible! ¡Yo no fui! —gritó Mariana, negándose a aceptar su culpa.
Alejandro la miró con una expresión helada.
—¿Sabes por qué Alondra decidió delatarte? Porque le dije que, en lugar de pagar las quimioterapias de su hijo, lo mandaste a un orfanato para que se pudriera ahí. Y además, que fuiste tú la que la denunció a la policía por esos robos a residencias de lujo... En este momento, esa mujer no desea otra cosa que verte tras las rejas junto a ella.
Claro que solo con eso no le habría sacado la verdad a Alondra.
También tuvo que prometerle que, si echaba de cabeza a Mariana, él cubriría todo el tratamiento de su hijo y hablaría con los dueños de las casas para que quitaran los cargos, pagando todos los daños para que le redujeran la condena.
Ante una oferta así, era evidente que Alondra terminaría soltándolo todo.
Pero bueno, no había ninguna necesidad de contarle esos detalles a Mariana.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....