Sabiendo que no tenía la razón, la señora Vargas no se atrevió a decir nada más. La anciana Vargas notó lo agotado que se veía Alejandro y suspiró.
—Alejandro, descansa. Y te aseguro que, si alguien más se atreve a entrar aquí a molestarte, se las va a ver conmigo.
La señora Vargas no pudo evitar sentir un escalofrío.
«¡Qué locura es esta! —pensó furiosa—. Es mi propio hijo, ¿cómo es posible que no me dejen venir a verlo?».
La anciana Vargas luego volteó hacia Elena y le preguntó con preocupación:
—Elena, ¿estás bien de la mano?
Como Mariana le había mordido el brazo hasta hacerla sangrar, Elena tuvo que pedirle a una enfermera que le limpiara la herida y le aplicara una pomada.
Sofía, que estaba a su lado, comentó indignada:
—Mariana es insoportable. Si no fuera por el agradecimiento que le tenemos al señor Moreno, nadie le aguantaría sus berrinches.
La anciana Vargas mandó a poner a más de diez guardaespaldas alrededor de la habitación con órdenes estrictas de no dejar pasar a la señora Moreno, a Mariana, ni a la misma señora Vargas. Gracias a eso, Alejandro al fin pudo descansar en paz y recuperarse.
Así pasó toda una semana. Las heridas de Alejandro comenzaron a cicatrizar y ya podía levantarse de la cama para caminar un poco.
Cada vez que tenía un rato libre, Elena iba a acompañarlo; cuando Alejandro necesitaba responder correos del trabajo, ella le ayudaba a escribir.
Y, cuando él no la necesitaba, se quedaba sentada en silencio, revisando sus propios pendientes de trabajo.
Con tal de darles espacio para estar a solas, la anciana Vargas y Sofía solo iban a visitarlo cuando Elena no estaba.
Al ver que la relación entre los dos seguía estancada, la anciana Vargas empezó a desesperarse y un día le preguntó a Alejandro:
—¿Ya le dijiste a Elena que te gusta?
Alejandro, sin despegar la vista de los documentos en su laptop, respondió con su habitual tono frío:
—Todavía no.
La anciana Vargas soltó una carcajada irónica.
—Con razón. Eres más cerrado que una tumba. Si no abres la boca, ¿cómo pretendes que ella sepa lo que sientes? ¡No me digas que estás esperando a que ella sea la que se te declare!
Si se atrevía a decirle que sí, estaba dispuesta a darle un zape ahí mismo.
Alejandro se quedó callado un momento antes de responder:
—Abuela, por ahora no puedo quitarle a mi mamá los prejuicios que tiene. Pero lo de Mariana, eso sí se va a solucionar muy pronto.
***
El jueves por la tarde, en cuanto salió del trabajo, Elena fue al hospital para acompañar a Alejandro, a quien ya le habían dado de alta, de regreso a la villa Vargas.
La anciana Vargas había mandado preparar una cena abundante; casi todo en la mesa eran cosas que a Elena le gustaban. Justo cuando estaban a punto de sentarse a la mesa, la señora Vargas llegó acompañada de Mariana.
La anciana Vargas soltó los cubiertos sobre la mesa y murmuró con desprecio:
—Qué fastidio.
No por nada dicen que una mala elección en casa te amarga la vida entera.
Y, en ese sentido, a la familia Vargas le había tocado la peor de las suertes.
¿Cuándo iba a usar la cabeza esa nuera suya?
Después del escándalo que habían armado en el hospital el otro día, ¿cómo tenía el descaro de traer a esa muchacha hasta su propia casa?
De verdad le daban unas ganas tremendas de tomar el primer vuelo a Ciudad del Norte nada más para ir a agarrar a cachetadas a su hijo por no haberse sabido buscar una mejor mujer.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico
Es una novela que vives en cada fibra, te sientes que formas parte de ella ya que las emociones están al mil, me encanta mucho....