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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 345

Al leer el mensaje, el pecho se le cerró de golpe a Elena.

Buscó el número de Alejandro y le marcó.

El teléfono no conectó la llamada.

Con la angustia apretándole el pecho, le marcó a Sofía.

Desde que Alejandro había resultado herido, Sofía y la abuela Vargas se habían regresado a Ciudad del Norte.

Como Alejandro se los había prohibido, ninguna de las dos le había contado a Elena sobre sus heridas.

—Bueno, Elena —se escuchó la dulce voz de Sofía.

—¿Es cierto que Alejandro está lastimado? —preguntó Elena de inmediato.

Sofía dudó por un segundo antes de responder:

—Sí, mi hermano está herido, pero nos pidió que no te dijéramos nada.

Los ojos se le humedecieron de inmediato a Elena.

—¿Crees que pueda ir a verlo?

—Elena, mis papás andan muy sensibles con el tema... creo que es mejor que no se vean por ahora.

La abuela Vargas había terminado enferma de la impresión y a Sofía la tenían castigada.

Si Elena iba y los papás de Alejandro se ponían en su contra, Sofía no tendría forma de ayudarla.

El rostro de Elena se apagó al instante.

—Entiendo.

Colgó la llamada y se dejó caer en el respaldo de la silla, con la cabeza hecha un desastre.

A la hora de la salida, Elena recibió una llamada de la estación de policía.

Mediante rastreo tecnológico, los investigadores habían dado con la identidad de la persona que compró el servicio clandestino para sobreponer su rostro con inteligencia artificial: había sido Adriana.

Tras escuchar el reporte en silencio, Elena respondió con frialdad:

—No aceptaré ningún arreglo privado. Por favor, procedan con su arresto conforme a la ley.

—Entendido.

***

Cuando Adriana terminó de ver la transmisión en vivo, le hervía la sangre de coraje.

No podía entender cómo Elena había vuelto a librarse de un escándalo que debió hundirla por completo.

Y encima, ¿qué se suponía que era el Grupo Vargas, una casa de caridad? ¡Hasta le habían soltado los videos de seguridad a la policía!

—Adriana.

—Por supuesto que sí. Eres la madre de mi hijo; en cualquier problema que te metas, yo daré la cara por ti.

Él pensaba que Adriana solo andaba sensible y paranoica por las hormonas del embarazo. Jamás se le cruzó por la mente que ella hubiera hecho algo tan grave.

Adriana sintió un inmenso alivio al escuchar sus palabras. Con esa promesa, por fin sintió que podía respirar un poco.

Ahora tenía a su bebé como escudo protector. Aunque el Grupo Vargas la demandara, estaba convencida de que Diego haría todo para protegerla.

En ese momento sonó el timbre.

Diego frunció el ceño.

—¿Quién podrá ser a estas horas?

Se levantó a abrir la puerta.

Del otro lado estaba Lucía, echando chispas de coraje.

—Lucía, ¿pasó algo grave en la empresa?

Lucía aún llevaba puesto el traje sastre negro con el que había pasado el día; era evidente que venía directo de la oficina.

—Hazte a un lado.

Lucía ni siquiera se molestó en darle explicaciones. Entró a la casa sin quitarse los zapatos, y en cuanto vio a Adriana sentada en el sillón, se fue directo sobre ella y le soltó una bofetada.

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