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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 351

Elena se burló con sarcasmo:

—No soy tan buena gente como para perdonarla con tanta grandeza después de todo lo que me hizo.

Diego frunció el ceño:

—No es tan mala como piensas. Adriana es unos años menor que tú, no ve el panorama completo y seguro no imaginó que las consecuencias de esto serían tan graves.

Elena soltó una risa fría:

—¿Que es menor? Está a punto de ser madre, ¿acaso sigue siendo una niña?

Diego se quedó sin palabras, incapaz de refutar.

Pero tampoco podía permitir que Adriana diera a luz en una celda. Solo de imaginarlo, sintió que se le cerraba el pecho.

—Elena, creo que deberías pensar bien en lo que te dije. Piensa en Isabel, seguro no quieres verla viajando todo el tiempo sin poder regresar a Ciudad del Río, ¿verdad? Con una sola palabra mía, la carrera de Isabel se acaba por completo.

Elena lo fulminó con la mirada.

Así que no se había equivocado: Isabel había sido enviada a ese viaje de negocios y había enfermado por culpa del exceso de trabajo que Diego le impuso.

—Eres un infeliz, Diego.

Levantó la mano con la intención de abofetearlo.

Pero Diego le sujetó la muñeca con fuerza y la miró con una frialdad que cortaba el aire:

—Elena, Isabel siempre te está metiendo ideas en la cabeza para que peleemos, ¿verdad? Solo la mandé a ese viaje para darle una lección; pudo haber sido mucho peor.

Al pensar en cómo ese imbécil estaba destrozando a su mejor amiga, Elena perdió el control y se lanzó contra él con rabia.

Diego soltó un quejido de dolor y la empujó.

Elena cayó hacia atrás y se golpeó la cabeza contra el reposabrazos del sofá, haciéndose un chichón en la frente.

Sin importarle la herida del brazo, Diego corrió hacia ella, presa de un sobresalto feroz, y la ayudó a levantarse:

—Elena, ¿estás bien? No fue mi intención empujarte...

¡Plaf!

Elena le cruzó la cara de una bofetada.

Diego no esquivó el golpe; solo la miró en un silencio sepulcral.

No lograba entender por qué, si alguna vez se habían amado tanto, ahora solo se la pasaban peleando.

Soltó un suspiro y dijo:

—Sé que te hicieron una injusticia, pero no dejaré que cedas a cambio de nada. Te daré el 2% de las acciones del Grupo Romero como compensación, ¿te parece bien?

A la mañana siguiente, Elena llegó al Grupo Romero.

El vicepresidente Montoya del departamento de Investigación y Desarrollo iba saliendo precisamente de la oficina de Diego. Al ver a Elena, preguntó con una grata sorpresa:

—Señorita Navarro, ¿piensa regresar a trabajar al Grupo Romero?

Elena negó con la cabeza:

—No, solo vine a hablar de un asunto con Diego.

El vicepresidente Montoya no pudo ocultar su decepción.

Desde que Elena se había ido, el departamento de I+D iba de mal en peor.

Él también había considerado la idea de renunciar, pero no quería dejar a medias los proyectos que tenía en curso. Abandonarlos así sería una verdadera lástima.

«Ay, si tan solo el director Romero pudiera convencerla de volver», pensó.

Elena no se quedó platicando más con él; se dio la media vuelta y entró a la oficina de Diego.

Al verla, Diego le ordenó a su asistente:

—Trae el contrato y prepara dos tazas de café.

Al poco rato, el asistente regresó con el documento y las bebidas.

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