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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 603

—Voy a llamar a la policía —siseó Amelia, apretando los dientes de pura rabia.

Al ver que estaba a punto de irse, Elena la tomó rápidamente de la mano para detenerla.

—Es la hija de Hugo Valiente. Me temo que llamar a la policía no servirá de nada.

Desde que Elena había empezado a codearse con la alta sociedad, había aprendido por las malas que esa gente, cegada por su propia codicia y privilegios, rara vez respetaba la ley.

Incluso si lograban encerrar a alguien, no tardarían en mover hilos para sacarlo.

La familia Ortiz tenía una buena posición en Ciudad del Río, pero en comparación con la familia Valiente, no eran rivales.

Además, Amelia era la hija menor, y sabiendo que todo este escándalo era por defender a su novio, era muy poco probable que el director Ortiz se pusiera de su lado y arriesgara sus negocios.

—¡Pero no podemos dejarlo así! —estalló Amelia, frustrada—. ¡Ha destrozado a Héctor! Él es un genio, sus manos estaban destinadas a hacer historia en la ciencia. Si la policía no puede hacer nada, yo misma vengaré a Héctor. Ojo por ojo.

Elena se quedó pensativa unos segundos antes de clavar su mirada en ella.

—Yo tengo una idea —murmuró.

***

A las diez de la mañana, Eulalia salió de su apartamento de un humor excelente. Como el brazo de Héctor había quedado inservible, Isidora le había transferido una jugosa recompensa.

Con esa pequeña fortuna en su cuenta, Eulalia decidió que esa misma noche iría al centro comercial a comprarse un bolso de diseñador para premiarse.

Sin embargo, justo en ese momento, algo golpeó violentamente la puerta de su auto.

Dio un respingo, asustada, y miró por la ventanilla. Afuera había un hombre enorme, con una expresión feroz y amenazante.

Estaba a punto de sacar su celular para llamar a la policía cuando la puerta recibió otro golpe ensordecedor. Justo cuando iba a pisar el acelerador para huir, el hombre arrancó la puerta del vehículo de cuajo.

Eulalia fue arrastrada fuera del auto sin piedad.

—¡Ay, por favor! ¿A quién quieres engañar? —se burló la primera mujer—. Mi marido te manda mensajes todas las noches llamándote «cariño». Si no se están acostando, ¿para qué demonios le mandas fotos en lencería?

Aunque a Eulalia no le interesaban realmente esos hombres, le encantaba usar su encanto femenino para manipularlos, enviándoles de vez en cuando fotos provocativas para asegurarse de que siguieran comiendo de su mano.

—Ya les dije que somos amigos —insistió, apretando los dientes—. ¿Acaso no existe la amistad entre un hombre y una mujer?

La mujer soltó una carcajada amarga, como si acabara de escuchar un chiste pésimo.

—Qué descarada eres. No me trago tus cuentos. Escuché que trabajas en investigación... claro, ya he visto a muchas como tú. ¿Socialité tecnológica? Eres igual que cualquier chica de los clubes privados, solo que con un título.

Eulalia sintió que la sangre le hervía. ¿Cómo se atrevían a compararla con esas mujeres?

—Basta de perder el tiempo —ordenó la mujer a sus guardaespaldas—. Llévensela. ¡Quiero que aprenda una lección que no olvidará jamás!

—¡Mi padre es el director Valiente del Grupo Valiente! —gritó Eulalia, forcejeando—. ¡No pueden hacerme esto!

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