Doña Leonor, la madre de Alejandro, jamás perdía la oportunidad de hacer de celestina entre Alejandro y Lucía. Aunque a Lucía no le hacía ninguna gracia verlo, necesitaba recuperar su pulsera, así que respondió con un cortés "Claro que sí".
Doña Leonor la observó subir las escaleras y pensó que, al igual que la última vez, Lucía seguía muy callada. Seguramente seguía enojada con Alejandro, pero con lo mucho que ella lo amaba, bastaría que cruzaran dos palabras para reconciliarse.-
Lucía llegó a la puerta del estudio y, justo antes de tocar, escuchó una voz masculina y profunda desde el interior.
—Quién iba a pensar que la señorita Jiménez te salvaría justo en ese momento. Y bien... ¿cómo planeas recompensarla?
—¿Qué te parece si le ofrezco mi vida entera? —respondió la inconfundible y fría voz de Alejandro.
—¿No me digas que te enamoraste? —Gustavo Beltrán soltó una carcajada de sorpresa y luego preguntó—: ¿Y entonces qué vas a hacer con Lucía García?
—Ese tipo de niñas mimadas y caprichosas no son para nada mi tipo.
Al escuchar aquellas palabras, el pecho de Lucía se contrajo de forma dolorosa, aunque no fue por tristeza, después de todo, su amor por él se había muerto en su vida pasada.
Lo que sintió fue una punzada de terror. Había estado dudando estos días sobre quién se había llevado el crédito al final.
¿Había sido la futura estrella Maribel Quintana, o Jimena?
Hasta que escuchó eso, pudo confirmarlo.
Había sido Jimena, otra vez.
Por lo visto, a pesar de que Lucía había intervenido en el curso de las cosas, el final del cuento no había cambiado en absoluto.
¡Vaya que Jimena tenía al destino de su lado!
...
Pero Lucía solo había ido por su pulsera, y ya no le interesaba seguir escuchando. Dio media vuelta y se alejó del estudio en silencio.
Aprovechando que Alejandro estaba ocupado, se escabulló dentro de su recámara. Revisó cajón por cajón, buscó en el clóset y metió la mano debajo de las almohadas. Nada.
Era muy meticulosa; dejaba todo exactamente como lo había encontrado para no levantar sospechas.
Al final, sus ojos se posaron en la caja fuerte. Era absurdo, nadie guardaría una simple pulsera en una caja de seguridad, ¿verdad?
Entonces se le ocurrió otra teoría: cabía la posibilidad de que Alejandro ya le hubiera "devuelto" la pulsera a Jimena, pensando que era suya.
Ante esa lógica, sintió que ya no tenía sentido seguir buscando. E incluso si la encontraba y se la llevaba, solo lograría despertar sospechas si desaparecía de la nada.
Decidió rendirse y estaba a punto de salir cuando escuchó pasos en el pasillo.
Tras años de casados en su vida anterior, Lucía reconocía a la perfección ese caminar pausado, seguro y firme. Era Alejandro. Y se dirigía a la recámara.
Entró en pánico, miró a todos lados buscando una salida y, sin más opciones, se escondió dentro del amplio guardarropa.
Acomodó las prendas que había aplastado y frotó el piso con la manga de su blusa para borrar cualquier huella. Tras confirmar que todo estaba en orden, salió del cuarto y bajó a comer.
...
En el comedor, el Ministro Zavala, el padre de Alejandro, brillaba por su ausencia. Como la matriarca de la casa, Doña Leonor le indicó a Lucía que se sentara junto a Alejandro. Sin embargo, como Gustavo Beltrán ya estaba acomodado de ese lado, Lucía optó por irse al otro extremo y sentarse junto a Camilo.
Alejandro solo le dedicó una mirada helada y no dijo una sola palabra.
Doña Leonor se sorprendió un poco, pero no hizo ningún comentario. Asumió que ambos seguían en medio de un pleito de novios.
Aunque, en el pasado, incluso si Alejandro la fulminaba con la mirada, Lucía jamás habría dejado pasar la oportunidad de pegarse a él.
Gustavo pareció notar el cambio también, pues la volteó a ver más de una vez con curiosidad.
Gracias a la charla casual entre Doña Leonor y Camilo, la cena no fue tan incómoda.
En cuanto terminó, Lucía se despidió. En otros tiempos, se habría quedado horas fastidiando a Alejandro, inventando excusas para estar cerca de él. Ahora, lo único que deseaba era llegar a su casa.
Al llegar a casa, encendió su computadora y se creó una cuenta falsa en una tienda en línea.
Usando sus fondos, compró de golpe quinientas pulseras baratas, réplicas exactas del mismo cuarzo rosa. Unos días después, organizó un puesto de entrega gratuita cerca de una cafetería popular en la zona universitaria. No pasó ni una hora antes de que las jóvenes universitarias arrasaran con todas las pulseras, llevándoselas gratis.
Lucía por fin respiró aliviada, sabiendo que acababa de arruinar cualquier pista.

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