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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 68

Damián

Luego de unas cuantas horas de compras, ya he decidido ir a casa. Antonella no se encuentra allá y mi hermana está histérica porque yo no había llegado. Según Dani, ando paseando cuando es ella misma es quien me ha mandado a comprar cantidades de cosas.

Cuando llego a casa, me encuentro con ella fuera, de brazos cruzados y con cara de molestia. Bajo de la camioneta con las compras que hice y camino hasta donde se encuentra.

—Mira la hora que es, Damián. ¡¿Dónde andabas metido?!

Le muestro las bolsas.

—Te recuerdo que me mandaste a comprar todas estas cosas.

Las revisa.

—¿Tantas horas por tres bolsitas vacías?

Contemplo todo y luego a ella.

—Ocho bolsas, Dani, y todas repletas de todo lo que pediste —corrijo.

Agarra una.

—Te ayudo. Entremos a casa.

¿Me ayuda? ¿Con una bolsa? ¡Grandísima ayuda me ha dado!

—Cuidado se te cae un brazo por la ayuda, Daniela.

Se burla de mí.

Al entrar, ya todo permanece bien decorado. Mi madre y mi suegra se encuentran metidas en la cocina; preparan sus especialidades junto al personal de cocina que tenemos en casa.

—Nada de lo que compraste me sirve, Damián.

Me atraganto con mi saliva.

—Pero si eso fue lo que me pediste.

Mi madre me da una limonada.

—Yo no te pedí esto. —Saca un aparato sexual.

Toso apenado porque está presente la mamá de mi hermoso cielo. ¡¿Qué pensará mi suegra de mí?!

—¡Daniela! —gritamos mi madre y yo al mismo tiempo.

—Estoy segura de que esto volverá loca a mi cuñada.

Me bebo toda la limonada. Quiero enterrar viva a mi hermana.

—Dame eso. —Se lo quito y lo guardo en la caja—. Te voy a desheredar —digo en voz baja para que solo ella escucha.

—Tendrás juegos eróticos esta noche. Eres un pervertido, hermanito.

«Trágame, tierra ».

—No sientas pena por mí, Damián. Ustedes están jóvenes y tienen todo el derecho de disfrutar y mantener viva esa pasión.

—Oh, créame que muy viva que la mantienen, eso se lo puedo asegurar. —Cubro mi rostro cuando Dani suelta ese comentario—. Mi querida cuñada y mi querido hermano aman el sexo duro. —Será mejor llevármela de aquí—. Oh, mira —saca una nuevas sogas que compré—, con ataduras y todo. Noche de sexo ardiente y dominación para la princesa.

¡La mato! Es mi hermana y todo, pero ¡la mato!

—¡Daniela! —Se burla de mí—. Sería mejor que me digas como va todo.

Cruza su brazo con el mío como si nada fuera ocurrido.

Yo estoy sudando frio por la vergüenza que me acaba de hacer pasar.

—Claro, hermano.

Salimos de la cocina.

—Amor mío, no vuelvas a hacerme pasar esa vergüenza ante mi suegra, por favor.

Me hace un gesto despreocupado.

—No es para tanto. Además, ella misma lo dijo: deben mantener la llama viva.

Mi hermosa Dani, a veces suelo no poder con ella.

—Ay, mi amor, eres tan espontánea.

Me sonríe.

—Es difícil evitarlo, hermanito. —Se planta de frente a mí—. Estoy feliz por ti, Damián. —Sus bellos ojos verdes se cristalizan—. Me da tanto gusto que al fin encontraras el amor en una grandiosa mujer. Ella te ama, y yo sé que tú igual. Cada día de mi vida anhelaba tu felicidad y me da gusto que al fin la encontraras. —Me abraza con fuerza.

—Gracias, Dani. Gracias por estar conmigo, pero sabes que seré mucho más feliz el día en que tú también lo seas.

Me mira con fastidio.

—Yo soy feliz, Damián. Mi felicidad es la tuya.

Mi hermana es tan hermosa y tan llena de vida.

—Bien. Dime qué falta por terminar.

Niega.

—Solo falta que subas a tu habitación y te alistes. Ya nos encargamos de todo. Antonella debe estar por llegar.

Mi cielo, mi hermoso cielo.

—No quiero que nada salga mal, Daniela, todo tiene que ser perfecto y especial para ella. ¿Tienes el hotel reservado?

Comienza a empujarme por la espalda.

—Cariño, tu bella y hermosa hermana tiene todo bajo control. Es más, hice un leve cambio.

Me detengo preocupado.

—¿Qué cambio? —cuestiono alarmado. A veces no confío en mi hermana.

—Hice cambio de hotel.—Junto mi entrecejo—. No pensabas celebrar tu primer aniversario aquí en el país, ¿verdad?

Ahora sí me dejó peor.

—Obviamente, Daniela, que iba a ser aquí mismo en Florida.

Me vuelve a empujar, por lo que comienzo a subir las escaleras.

—Eres tan patético, Damián. Agradece a mamá por haberte dado una grandiosa hermana como yo. —Me da un abrazo por la espalda—. Reservé un hotel en Marruecos. Salen esta misma noche. Obviamente, ella no sabrá hasta llegar allá. Hablé con tu piloto y con todos lo que irán contigo. Les pedí que no comenten nada. Deja que ella lo descubra desde el avión al ver la ciudad. Para cuando lleguen, ya el hotel estará a tu disposición. Les preparé una sorpresa a ustedes dos. Ese es mi regalo para ustedes.

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