Antonella
—¿Me llevas cargada? —Alzo mis brazos.
—¡Cielo, pesas por tres! ¿Estás loca?
Hago un puchero.
—¡Estoy gorda por tu culpa, infierno! Tengo una enorme panza y peso cien kilos.
Se burla de mí.
—Cielo, no seas exagerada, sabes muy bien que no pesas cien kilos. Además, recuerda que llevas tres bebés. —Acaricio mi panza.
—No exagero, siento que peso eso. A veces me cuesta caminar. Mi barriga pesa y por las noches me asfixia —paso por un lado de Damián. ¿Me llevas a comer hamburguesas?
Abre la boca cuando le pregunto si me lleva a comer hamburguesas.
—Y luego te quejas de estar pesada.
—Quiero hamburguesas.
Damián niega.
—Cielo, no, harás que vomite. Oh, nena, me revolviste el estómago de tan solo imaginarme una hamburguesa. —Hace un gesto de asco.
Desde que cumplí el mes de embarazo, Damián es quien ha presenciado mis malestares de embarazo. A mi se me antoja, y él vomita.
—Además, no puedes comer mucho. Te recuerdo que la semana que viene llegarán nuestros bebés.
Sonrío emocionada. Ya nos encontramos ansiosos.
—Quiero que saquen el color de tus hermosos ojos.
Los trillizos son los bebés más esperados por la familia.
—Mis tres pequeños hombrecitos. Agradezco que los tres sean varones. Espero nunca tener niña.
Me cruzo de brazos.
—Pues no es mi problema. Usted, señor, me tendrá que hacer una niña más adelante.
Él niega.
—Cielo, no. ¿Sabes lo que eso conlleva? Me volveré un asesino serial. Sabes que soy muy posesivo, con una niña en mi vida empeorare.
Me burlo de él.
—Aun así yo quiero… —Guardo silencio, y pego mi mano a mi vientre.
—¿Estás bien? —pregunta al verme doblada.
—Solo fue un ligero dolor, pero ya pasó.
Los dos continuamos bañándonos. Cuando estamos por salir de la ducha, me doblo otra vez y me quejo de dolor..
—¡Ah! Duele. —Digo al reponerme.
Damián se alerta.
—¿C-Cómo que te duele?
Lo veo muy nervioso.
—Creo que ya vienen.
Damián niega repetidas veces.
—No, cielo, no creo, aún no es la fecha. No pudo haberse adelantado, ¿o sí?
Cierro los ojos cuando siento una nueva contracción. No había pensado que los dolores que había estado sintiendo de manera ligera se tratara de contracciones, hasta ahora que ya son más seguida, y más intensas.
—¡Claro que ya vienen, yo lo estoy sintiendo!
Damián sujeta su cabeza y da vueltas por toda la habitación.
—Dios, ¿qué hago?¿Qué debo hacer? —No para de dar vueltas.
—Irte arreglando sería genial —Digo.
—Cierto, tienes razón, voy a… debo… iré a… arreglarme.
Lo sostengo de la mano.
—Respira profundo, mi amor. Ve al vestidor por ropa y… ¡Ah! —vuelvo a chillar.
—Ah, duele —chilla Damián también—. No lo soporto, cielo. Dime qué hago. —Solo me río al ver que Damián emite quejas como si en realidad estuviera sintiendo el dolor—. Llamaré a mamá, a tu madre, a Alan, a Renzo, a todo el mundo si es posible. Bebés en camino. Ya vienen. Teléfono. ¡¿Dónde está el teléfono?! —Comienza a alterarse.
Yo voy al vestidor para vestirme con ropa cómoda y ligera.
—El mío está en la mesa de noche, infierno. —Le digo.
—¿Te duele? ¿Te sientes mal? ¿Quieres agua? ¿Necesitas algo?
Coloco mi mano en la boca de Damián para callarlo.
—No me duele, solo necesito que vayas, entres al vestidor, te vistas y busques los bolsos con las cosas de los bebés y mías para irnos a la clínica.
Él asiente una y otra vez. Va al vestidor y se viste rápido. Agarra los bolsos y sale.
—Ah, están viniendo más fuerte.
Damián agarra su cabello con desespero.

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