Capítulo 319
La lluvia caía suave al otro lado de la ventana, y el aroma a tierra húmeda se filtraba por una pequeña rendija del vidrio.
En la sala, Althea estaba acurrucada en el sofá, con una manta sobre el regazo. Tenía la mirada fija en el tenue parpadeo de la chimenea, cuyo resplandor derramaba un calor silencioso sobre la habitación en penumbra. Grace se agitó en sus brazos, pero no despertó: seguía sumida en un sueño tranquilo.
Frente a ellas, Josh estaba inclinado sobre su cuaderno de dibujo, concentrado en su trazo.
-Mami -llamó en voz baja-. ¿Puedo poner a papá Daven en este dibujo?
Althea giró la cabeza despacio.
-Claro que sí, cariño. Tu papá Daven debería estar ahí.
Josh sonrió, un poco tímido.
-Pero papi también tiene que estar. Él fue el que plantó el árbol en la escuela, ¿no?
A Althea se le curvaron apenas los labios, aunque le
brillaban los ojos.
-Sí. Papi fue el que lo plantó.
-Entonces... los dos pertenecen aquí. -Josh señaló la página, con la voz de una certeza inocente -. Porque a los dos los quiero.
Antes de que Althea pudiera responder, sonó el timbre.
Respiró hondo y echó un vistazo al reloj de la pared.
Daven.
Daven estaba parado en la puerta, con el traje gris oscuro mojado por la lluvia. En una mano sostenía un paraguas plegado; en la otra, una pequeña caja con comida.
-Buenos días, Thea -dijo con calma-. Te traje caldo de pollo. Lydia me dijo que no comes nada desde la mañana.
Althea le lanzó una mirada.
-No tenías que tomarte la molestia.
-No es ninguna molestia si quería hacerlo.
Antes de que ella pudiera contestar, Josh llegó
corriendo por detrás.
-¡Papá!
A Daven se le suavizó la cara con una sonrisa:
pequeña, pero cálida. Se agachó, abrió los brazos y Josh se le lanzó encima.
-¿Ya comiste, amiguito?
-¡Sí! Pero mami no -dijo Josh enseguida.
Daven levantó la mirada hacia Althea.
-Ya lo escuchaste.
Ella suspiró, con una mueca en la comisura de los labios.
-Ustedes dos son iguales.
-¡Yo puedo traer los platos! -anunció Josh con orgullo-. Papá, ¿vas a comer con mami?
-Por supuesto. -Daven sonaba suave; la mirada, todavía más.
Mientras Josh salía corriendo hacia la cocina, Daven se volvió de nuevo hacia Althea.
-Cada día se parece más a mí.
-Sí -dijo ella, sin inflexión-. Y es igual de terco que su padre.
-¿Cuál de los dos? -A Daven se le insinuó una sonrisa apenas perceptible-. ¿Yo o Chase?
Althea lo miró largo rato, después bajó los ojos.
-Los dos.
Se sentaron juntos a la mesa. Grace estaba en su sillita, al lado de Althea, mientras Daven ayudaba a Josh a poner las cucharas y las servilletas. El ambiente se sentía extrañamente tranquilo:
demasiado tranquilo para una casa que acababa de perder a alguien.
-Papá, ¿cuándo puedo volver a tu oficina?
preguntó Josh, entusiasmado-. ¡Quiero ver la gran sala de juntas!
Daven rio bajito.
-¿Quieres ver la sala de juntas o la cafetera que tanto te gusta?
-¡Las dos! -Josh sonrió de oreja a oreja-. Pero no te olvides... también quiero sentarme en tu silla.
-Está bien -dijo Daven con una risa contenida-.
Pero solo un ratito. Esa silla no alcanza para dos.
Él se acercó un paso, con la voz baja y firme.
-No soy Chase, Thea. Pero te lo prometo: no me voy a ir a ninguna parte.
-Las promesas ahora me dan miedo -dijo ella en voz baja.
-Entonces deja que esta sea distinta -murmuró él -. Que sea la razón por la que sigas aguantando.
Desde el otro extremo de la mesa, la voz pequeña de Josh se abrió paso, inocente y, a la vez, cargada de sentido.
-Mami, papá no se va a ir, ¿o sí?
Althea se quedó inmóvil, con la mirada clavada en los ojos de su hijo: esos mismos ojos que reflejaban los de Daven.
Daven se volvió hacia él con una sonrisa suave.
-No, amiguito. Papá está aquí.
Josh sonrió y después susurró:
-Papi se pondría feliz de saber que papá nos cuida.
Las palabras tocaron a Althea con suavidad, y bajó la cabeza mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
Daven se acercó más y le posó la mano con delicadeza en el hombro.
-Chase nunca quiso que te quebraras -le dijo, casi en un susurro-. Quería que vivieras. Yo también.
Althea se cubrió la cara con las manos temblorosas.
-Ya ni siquiera sé cómo vivir, Daven.
Él respiró hondo.
-Empieza por las cosas pequeñas. Come. Duerme.
Sonríe por los niños. Y déjame quedarme... aunque sea para asegurarme de que lo haces.
El silencio volvió a llenar la habitación, esta vez cálido, no pesado. Entonces Josh habló, con una voz
pequeña y sincera.
-Mami, sonríe. A papi le encantaba cuando sonreías. 1
Althea lo miró, después miró a Daven. Despacio, por primera vez en lo que parecía una eternidad, los labios se le curvaron. Era una sonrisa frágil, apenas perceptible, pero real.
Daven la observó, y en ese momento lo supo: el camino por delante seguiría siendo largo, pero esa noche... la casa ya no se sentía vacía.

Comentários
Os comentários dos leitores sobre o romance: El Mes Que Fuimos Verdad
Terminen de subirla por favor...
Suban la novela completa no de cinco en cinco...