SIGRID
En estos momentos estaba demasiado agradecida de mis conocimientos de magia negra.
Aun así, y a pesar de todas las cosas raras que había presenciado, observar el tronco de ese árbol abrirse, con sangre oscura como brea, destilándose al suelo desde su interior y el cuerpo de ese hombre siendo “liberado”, fue una escena que se quedaría grabada en mis memorias.
Cayó la mitad de cuerpo afuera del tronco, apenas era reconocible su piel en carne viva, siendo devorada poco a poco.
Intentó arrastrarse con ayuda de sus brazos, pero no podía, sus piernas capturadas, parecía que ese endemoniado árbol no dejaría ir tan fácil su alimento.
El esclavo se aferraba a vivir, de su boca no escapaba ni un sonido a pesar del dolor tan excruciante que debería estar sintiendo, algo de admiración creció en mi pecho.
Coloqué al bebé en la suave hierba, lejos de esta escena tan horrible y caminé hacia él con decisión.
—Vamos, no me hagas malgastar mi tiempo y hechizos en vano —lo apremié con dureza mientras mis manos agarraban sus brazos dándole halones fuertes.
Pesaba demasiado y esa baba oscura y tóxica que lo rodeaba no solo resbalaba, sino que estaba corroyendo mis manos.
¿Cómo debería sentirse eso por todo el cuerpo? Me estremecí de solo imaginármelo.
—¡Lo sueltas de una maldit4 vez o te quemaré hasta las raíces! —activé una bola de fuego mágica y la acerqué con ira a ese demonio planta.
Vi sus ramas estremecerse y enseguida él mismo expulsó a la fuerza el cuerpo de ese condenado.
El tronco volvió a cerrarse como una boca hambrienta, esperando su próxima víctima.
Suspiré, purificando con magia esa resina tóxica.
—Esto te va a doler un poco, pero luego te sentirás mejor —le dije al cuerpo tirado sobre un charco sanguinolento en medio de la nada.
Ni siquiera gimió de dolor cuando lancé el hechizo de purificación sobre su piel que chisporroteaba como si se estuviese quemando.
Las llamaradas verdes sanadoras se filtraron por sus poros y lavaron los residuos de esa sustancia que utilizaban estas plantas para consumir los cuerpos elementales.
Las gotas comenzaron a caer por mi sien del esfuerzo, gastaba mucha más energía de la prevista, pero luego de unos cinco minutos, al menos ya solo quedaba su piel llena de heridas y su propia sangre, pero sin toxinas.
—Uf, más te vale ser un buen esclavo después, porque mira que me has hecho sudar —bufé pensando por enésima vez si esto había sido buena idea.
Él hizo al fin por levantarse, apenas podía ver un trozo de piel sana en su cuerpo.
—Gra…cias… mi… se…ñora —temblando, logró sentarse, con la cabeza baja, desnudo, mientras el cabello platino marchito caía sobre sus facciones ocultas en las sombras.
Mi mente pensaba frenéticamente y ya el lloriqueo del bebé se escuchaba, no podía quedarme más tiempo aquí.
—Necesito hacer algo con urgencia, te quedarás aquí y ay de ti si huyes, tienes mi magia de rastreo y te encontraré donde te escondas —lo amenacé metida en mi papel de Electra.
Solo asintió, tiritaba, abrazándose a su maltrecho cuerpo.
Me quité la pesada capa suspirando, cada día cometía más y más imprudencias, pero una cosa era que me gustase la magia oscura y otra muy diferente, ser una hija de puta sin corazón.
Le arrojé la capa encima de su espalda y lo cubrió casi por completo.
—Espérame —ordené y me giré para recuperar al bebé.
Convoqué la niebla fundiéndonos en las sombras y viajando hacia donde creía que estaba el pueblo de elementales más cercano.
*****
Mis botines aterrizaron sobre una callejuela oscura, la quietud reinaba en el pueblito de las montañas, las casitas de madera sencillas pero cálidas.
—Está maldito, esto es obra de alguna de esas rameras…
—Clara —el hombre la detuvo mirando alerta a todos lados de la calle desierta, pero no podría verme.
El llanto del pequeño arreciaba.
—Debe tener hambre pobrecito mío, ven, vamos a darte lechita, Theodor ordeña la vaca —le dijo al hombre entrando con el bebé en brazos.
Sus ojos agudos seguían buscándome, hasta que se rindió y entró al interior cerrando la puerta.
Me acerqué y los espié a través de los resquicios de la ventana, atareados en una vieja cocina de leña y la mujer revisaba al bebé sobre la mesa.
—Clara, ¿qué haremos con él?
—¿Qué crees? Lo vamos a cuidar, estoy segura de que alguien se apiadó de esta pobre criatura —ella le respondió acunando al bebé.
—Sabes que estos niños no viven mucho tiempo, ¿verdad? —el hombre se giró con ojos complicados observando a su esposa.
—Lo sé, intentaremos hacerlo feliz mientras dure —ella bajó los ojos, pero se podía ver la tristeza en ellos.
No había más niños en la casa, quizás no podían tener los suyos propios, como fuera, yo ya había hecho mi parte.
Mirando por última vez, me marché con prisas a solucionar el otro asunto pendiente que me quedaba.
Solo una noche y mi vida de flojera se había ido al traste.
Cuando regresé, ese hombre estaba en el mismo sitio donde lo había dejado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...