SIGRID
La noche avanzaba y debía moverme con rapidez.
No era lo mismo llevarme a un bebé convertida en niebla que a un hombre tan pesado, debía moverlo primero a algún sitio más cercano.
—¿Puedes caminar?, oye —me incliné a su lado, con la guardia en alto pensando en que podría atacarme a traición.
Pero toqué su hombro con fuerza y su cuerpo cayó inerte hacia atrás, se había desmayado.
Por todos los cielos.
Estaba resoplando, pero cualquier pensamiento quedó congelado en mi mente al verle el rostro descubierto ahora que su cabello sucio se había despejado.
Apreté los puños con la ira recorriéndome, su cara estaba destruida.
Llena de horribles y profundas heridas, cicatrices y lo que era peor, alrededor de su ojo derecho, una enorme mancha negra como de quemadura que abarcaba parte de su mejilla y su frente.
¿Qué tipo de hechizo maldito estaban experimentando con este infeliz?
Lo cubrí como pude con la capa y conjuré un hechizo de fortaleza, esto me consumiría mucha magia, pero nada que hacer.
Lo cargué a mi espalda, tapándolo con la capucha y salí con él a cuestas hacia la pensión más próxima.
Parecíamos dos almas en pena atravesando la bruma oscura de este bosque siniestro.
*****
Llegué a una posada de dos pisos, al borde de la carretera, y toqué la puerta apresuradamente.
¡Boom, boom, boom!
—¡Ya va, va, maldición! —se escucharon improperios y pronto un hombre robusto abrió una pequeña ventanita, sus ojos se estrecharon al evaluarnos.
—¿Qué la trae por estos lares a estas horas?
—Quiero tu mejor habitación, comida y agua caliente —levanté mi rostro transformado por hechicería, para que no me reconociera, pero igual pudo darse cuenta de que era una bruja.
—Cla… claro mi señora, disculpe mis modales —enseguida abrió el portón de madera algo nervioso y me hizo pasar a la vieja recepción.
No hablé mucho, solo lo necesario y a pesar de su mirada curiosa hacia el bulto en mi espalda, tampoco fue indiscreto.
Las hechiceras eran muy temidas, no sabías quién podía convertirte en un sapo si la ofendías.
—Señora, enseguida despertaré a la cocina para prepararle la cena y llenaré el agua caliente de la tina —me dijo solícito y le arrojé una moneda de oro que tomó con ojos codiciosos.
—Espero que sepas cerrar bien la boca y que nadie venga a molestarnos más de lo necesario.
—Sí, sí, delo por hecho, este desván no tiene más habitaciones a los lados, solo… lo lamento, tiene una sola cama…
—Está bien, ya márchese.
Diosa, pobre hombre, esa violadora pasó a la historia como la que más elementales abusó y asesinó en su vida.
Lo peor era que sus poderes incluso podría competir y hasta superar los de Morgana de la Croix.
No había manera, debía borrarle esta marca o igual, ella podía rastrearla en el futuro y meterme en problemas.
Pensé cómo hacerlo, ¡el problema era que casi tenía que tocarle el pene para eliminarlo!
Suspiré intentando que mis ojos no viajaran a esa gruesa serpiente dormida.
No era tan mojigata, tuve un amante secreto que mamá me escondió de papá, pero nunca llegamos hasta el final, no me había apareado con nadie y ciertamente, estaba más interesada en mi magia que en el romanceo.
—Vamos, no seas tan dramática, míralo como un no muerto de experimentación —me di aliento y bajé la palma de la mano para colocarla sobre su sensible ingle.
Cerré los ojos y comencé a recitar las palabras antiguas para borrarlo.
Apreté los dientes, perseverando, cuando la magia de Electra, fusionada con la mía, chocaron contra lo que quedaba de Lucrecia.
Mi cabeza mareada, las gotas de sudor perlando mi frente, resoplaba y las volutas mágicas reverberaban a mi alrededor, haciendo levitar todo el cuarto.
¡BAM!
Las cosas cayeron con un fuerte estruendo, mis ojos abriéndose asombrados mientras dos manos se aferraban a punto de estrangular mi garganta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...