SIGRID
Ese hombre se había incorporado y me estaba atacando, con una fuerza descomunal que no sabía ni de dónde salía, dada su condición.
—Te estoy… quitando… el sello —clavé mis uñas en sus muñecas, resistiendo la falta de oxígeno y mirando directamente a ese ojo dorado que ahora me fulminaba nublado y errático.
La locura asomaba en sus profundidades.
—No… me… toques… maldit4 … —me gruñó con un odio que me trajo escalofríos por todo el cuerpo, tan visceral y profundo, tan sangriento.
—Aaggrr —gemí resistiendo, forcejeando.
Las uñas negras de sus manos se hundían más y más dolorosamente en mi blanco cuello, la oscuridad pululaba en mis ojos y el mareo en mi cabeza.
—No soy… ella… tranqui… lo… no soy… Lucre… cia
Supe que me estaba confundiendo, que el rencor que sentía hacia su anterior ama, era lo que impulsaba el último resquicio de resistencia en su cuerpo.
Tendría que atacarlo, lo sentía, pero no moriría por los pecados de otra.
A punto de prender las llamas en mis manos, de repente la presión en mi cuello fue cediendo poco a poco.
Comencé a toser cuando me soltó al fin, tocándome los cardenales que seguro quedaron en mi piel.
Lo vigilaba en todo momento mientras me recomponía; él solo me observaba perdido, sus manos temblando.
Adentrarse en ese ojo oscuro, con el iris completamente negro como un abismo sin fondo, me daría pesadillas hasta mí.
—Solo estaba quitándote su marca —le expliqué con voz ronca—. Ella no sabrá que te escapaste de la muerte.
Le señalé a su ingle, mirando hacia otro lado y él al fin entendió.
—Lo… lamento… —me habló con su voz gutural y baja, retorcida y rara, como todo en él—. Puede… castigarme…
—No te voy a castigar, solo… recuéstate y por muy difícil que sea, intenta no ahogarme de nuevo o te mataré —lo amenacé y él, obediente, se tumbó sobre la almohada.
—Que te quede claro, no estoy interesada en ti como… como esclavo sexual ni nada de eso —le aclaré, sentada en el borde del colchón
— Nada más quiero un sirviente callado y obediente, pero no tengas temor, nunca te pediré que hagas esas “cosas” que hacías antes.
Le explicaba y él solo se quedó en silencio, no sabía si me creía o qué pensaba, sus rasgos arruinados me vigilaban, tramando y esperando.
Sentía que estaba poniendo a mi lado a un tigre dormido.
—Maldición —resoplé, pero volví a extender la mano frente a su escrutinio.
Dejé pasar al posadero y dos mozos con otra mujer que comenzó a servir la comida en la mesa y los hombres a rellenar la tina de madera con los baldes de agua.
—Bien, en la mañana trae el desayuno y un barreño de agua limpia, toca la puerta y lo deja en el pasillo, no espere a que le abra y a menos que salga a pedirle algo, no nos moleste —ordené y le di otra moneda.
Lo que más le sobraba a Electra era dinero.
Caminé hacia el agua caliente y metí mi mano vertiendo poder medicinal en ella para sanarlo.
—Esa comida es tuya y el agua caliente también, báñate y límpiate un poco, te arderán las heridas, pero aguanta, es para curarte. Mañana vengo por ti, no salgas y toma el desayuno del pasillo.
—¿Mía? ¿Puedo… puedo bañarme con agua caliente? —me preguntó estupefacto, mirando también a la mesa y tragando con disimulo.
— Mi… señora… puedo… bañarme… con agua del establo y solo darme las sobras de… la comida… —luchaba por levantarse.
—No, es para ti, lo tomas o lo dejas, es tu problema, nos vemos —di mi espalda y abrí la puerta del mini balcón.
La brisa de la noche me hizo suspirar.
Estar al lado de ese esclavo era un poco sofocante, desprendía una energía oscura que era demasiado densa, incluso para mí.
Me convertí en niebla y fingí que me iba, sin embargo, me quedé a escondidas, entre las sombras exteriores, a espiarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...