SIGRID
Llevaba la manta por encima, me miró por un segundo para luego bajar la cabeza y hacerse a un lado.
—Bien, ya veo que estás al menos de pie —pasé adelante examinando que todo estuviese en orden.
—Ponte esta ropa y zapatos que te compré, creo que te sirven, igual luego podemos buscar más.
Le arrojé sobre la cama una bolsa de piel, con las cosas del mercado, en lo que me sentaba en la sillita al lado de la pequeña mesa redonda.
Pensé que se escondería detrás del biombo de madera, sin embargo, solo se abrió la manta y se quedó desnudo en medio de la instancia.
Desvié mis ojos hacia un lado enseguida.
Se notaba que no le costaba mucho desnudarse, me imagino que la mitad de su vida se la habrá pasado así.
Escuchaba el roce de la ropa, él no hablaba nada, yo tampoco, me aburría.
—¿Cómo te llamas? Yo soy Electra de la Croix —me presenté al fin.
—No tengo nombre… mi Señora —me respondió y lo observé por un segundo, batallaba con los cierres de la camisa negra a punto de arrancarlos de la torpeza.
—Espera, espera, así no se hace —me levanté y extendí mis manos para cerrarle la camisa holgada, que no lastimara la piel herida.
Aproveché para ver cómo iba, con un simple baño medicinal no se sanaría.
—Tú… —cuando subí la mirada me quedé un poco congelada, estábamos demasiado cerca y me observaba fijamente.
Di un paso atrás enseguida y él bajó su rostro mirando al suelo.
—Poco a poco intentaré irte curando. Te llamaré… Silas —le dije sin querer profundizar mucho en el tema del nombre.
Asintió con la cabeza baja y entonces recordé lo otro que le había comprado.
—Silas, usa esto, es lo mejor —saqué de la bolsa una máscara de madera tallada en ébano.
Solo tenía un agujero por donde mirar que coincidía con su ojo bueno, el otro quedaba tapado.
—Gracias, mi señora —murmuró, anudándosela por detrás del cabello platinado, ahora un poco más limpio.
Las heridas en su cara eran las peores, no sabía si algún día podrían sanar por completo.
—Bien, entonces nos vamos, busquemos un caballo para ti, ponte la capa…
—Mi Señora, yo… no sé montar a caballo…
—¿En serio? —me giré para verlo asombrada, su mirada esquiva, parecía avergonzado.
No pensé en esto.
¿Quién no sabía montar a caballo?
Al fin sentí su agarre calloso, tenía la palma sudada y con un leve temblor.
—Pon tu pie en el estribo e impúlsate hacia arriba —le enseñé y lo hizo, lográndolo después de varios intentos.
Era fuerte e inteligente.
El calor de su cuerpo enseguida se pegó a mi espalda, traté de moverme lo más que pude hacia delante, pero era imposible que mis nalgas no rozaran con su entrepierna.
—No cabalgaré tan fuerte, pero debes sostenerte a algo, si no tomas mi cintura, entonces agárrate a la parte de atrás del asiento —le dije arreando un poco el caballo.
Su postura permanecía rígida, no hablaba y sus manos parece que fueron a la silla de cuero.
—Sostente, si te caes, te quedas atrás ¡Jah!
Moví las riendas y el caballo azabache salió galopando por la puerta del establo en dirección a la carretera de tierra.
No sabía bien dónde sería la subasta, solo el nombre de la ciudad y hacia allí me dirigía.
En mi emoción por la libertad y el placer que me daba montar en este magnífico animal, olvidé que tenía a un acompañante más tieso que un palo y nervioso, pegado a mi espalda.
El caballo se encabritó un poco porque un zorro pasó corriendo desde el bosque, atravesándose y en lo que lo controlaba, el agarre fuerte de dos manos apresaron mi cintura.
No dije nada y continuamos camino, pero era rara la sensación de un hombre pegado así a mi cuerpo y su respiración caliente soplando constantemente sobre mi nuca.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...