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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 202

SIGRID

“¡¿Qué rayos está sucediendo con el cuerpo de Electra?!”

En medio de la noche, la temperatura comenzó a subir, quemando toda mi piel.

Sentía como si un volcán hiciera erupción en mi vientre.

Mis pezones sensibles y mi vulva se contraían y expulsaban jugos sin cesar; estaba excitada, parecía como el celo en las lobas, ¡pero este ni siquiera era mi cuerpo real!

¿Qué sucedía?

“¡Maldit4 pervertida!”, grité en mi interior al revisar la mezcolanza de sus memorias y darme cuenta de qué era este hechizo que Electra se había lanzado a sí misma.

Se inventó para aumentar la libido y la fertilidad, vamos, para follar como una zorra por días con sus esclavos y aumentar la posibilidad de salir embarazada.

Intenté neutralizar el deseo recorriendo mis venas, pero era abrumador.

Necesitaba al menos desahogarme una vez o sentía que moriría de los dolores y calambres en mi vagina, que pedía a gritos ser penetrada y llenada por la esencia de un hombre.

Comencé tocándome los senos, intentando no levantar a Silas o moriría de la vergüenza.

Mis manos empezaron a masajearlos por encima de la camisa larga que llevaba, pero no era suficiente.

— Mmmnn —mordí mi labio inferior con fuerza, apartando la tela y tocando directamente mis pechos, pellizcando el duro pezón, retorciéndolos y apretando la tierna carne.

Movía mis muslos entre ellos buscando fricción, los pliegues se contraían y picaban.

“Mmmm, ¡bruja lujuriosa!” No importa cuánto la maldije, yo era la intrusa en su cuerpo.

Mi mano serpenteó hacia abajo como si tuviese vida propia y la colé por dentro de la braga humedecida.

Mis dedos comenzaron a jugar con el tenso clítoris, siseos y resoplidos se escapaban de entre mis labios.

“Por favor, que no me escuche Silas, que no me escuche,” repetía, pero no podía parar; mi mente solo pensaba en sexo, en placer.

Acaricié entre mis hinchados labios vaginales, arriba y abajo, llenándome de fluidos viscosos, acariciando mi clítoris rápido, lo hundía y pellizcaba, lo movía a todos lados con morbo.

Un dedo se coló en mi interior, haciéndome hundir la cara de lado en la almohada.

Mis pestañas húmedas abanicaban mi rostro lleno de deseos y de lujuria enfermiza.

— Aahhh, Sshhh, mmmm —comencé a bombear adentro y afuera, un dedo, dos dedos, tres dedos como ganchos, rápidos, resbalosos.

Luchaba por no menear mi pelvis hacia delante, el placer construyéndose en mi vientre, mi vagina vibrando, el aire saliendo apresurado de entre mis labios cerrados a la fuerza.

— Mmmmmm —temblé, aguantando con todo el ronco gemido cuando me derramé entre mis piernas.

Mis dedos continuaron masturbándome profundo, hasta extraer el último resquicio de la intensa liberación.

Al cabo de unos segundos me quedé mirando hacia la pared, intentando regular mi respiración.

La frente perlada en sudor y la camisa ancha se me pegaba como una segunda piel, empapada, humedecida.

Por alguna razón agradecí que no me mirase a la cara, sentía mis mejillas arder por el numerito de anoche.

— Bien, ¿ya comiste algo? ¿Con qué pagaste el desayuno? —comencé a levantarme, más que comida necesitaba bañarme.

— No puedo comer antes de su señoría y el posadero me dio el desayuno para pagarlo al dejar la habitación.

— Entiendo, toma estas monedas, paga la deuda y pide agua caliente para mi baño —busqué en la alforja y extendí la mano para darle algunas monedas de cobre.

— Señora, yo, ya le preparé el baño, pedí el agua en la cocina —me respondió y subí la mirada para cruzarme con la suya dorada, como si miles de soles se hubiesen fundido en su iris.

No rehuyó, ni bajó la cabeza como siempre, él solo me sostuvo el intercambio con intensidad.

Lo sabía, él sabía lo que había hecho anoche.

— Ya veo —fui yo esta vez quien apartó el rostro y esquivó su escrutinio —paga igual y ten cuidado.

Le di al fin las monedas y lo vi salir, corrí como una tonta a la tina y casi me tiro de cabeza.

Mira que soy idiota.

La Electra real no se comportaría con tanta timidez por este asunto, ella era desinhibida, para ellos el sexo era como un juego, la lascivia corría por sus venas.

Me lavé con fuerza entre los muslos y apenas toqué la vulva; sentía que si frotaba un poco más fuerte, volvería a sentirme cachonda.

“Ay, Diosa, ¿dónde me has venido a meter?”

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