SIGRID
Cuando me estaba cerrando el pantalón, Silas regresó y agradecí que me diese mi espacio.
— ¿Todo bien por allá afuera, no tuviste problemas? —le pregunté, sentándome en la mesa.
— No, mi señora, la mayoría de los invitados se fueron ya o duermen aún —me respondió, y ya iba a vaciar el agua de la tina.
— Deja eso para el posadero, ven a desayunar; pensaba quedarme más tiempo, pero no puedo, hoy debemos regresar —le dije sin entrar en detalles.
Estaba frustrada; gasté dinero en algo que no me interesaba y tampoco pude ver al tío abuelo.
Pero no podía quedarme con esta situación en inusual en el cuerpo de Electra.
— ¿A qué estás esperando? —untaba la jalea en la rebanada de pan cuando giré la cabeza y lo vi de pie a mi lado.
— Yo… espero a que finalice para comer las sobras —respondió como algo obvio, sin embargo, su ojo se desviaba a la comida y podía ver su hambre voraz.
Quise resoplar enojada.
La verdad era extenuante seguir todas estas reglas inhumanas.
— Puedes comer, no necesitas esperar a que yo termine para recoger las sobras, vamos, toma lo que desees, hay suficiente para ambos —señalé el pan con la punta del cuchillo mientras daba una mordida a mi rebanada.
Poco a poco, una mano con los dedos toscos y llena de pequeñas cicatrices se extendió hacia el pan y tomó una porción picada.
Pensé que se sentaría y comenzaría a comer; los hombres son como barriles sin fondo y él estaba falto de alimentos.
La ropa le quedaba holgada; sin embargo, seguía parado como estaca en el mismo lugar, solo masticando en silencio.
— ¿Ahora qué? Me tienes nerviosa; acaba de sentarte, vamos, no puedo perder tiempo.
— ¿En la misma mesa que su señoría? —me preguntó mirándome como si me hubiesen crecido dos cabezas.
Verdad, la otra regla, los esclavos no se sientan en la misma mesa que sus amos.
— Sí, Silas, en la misma mesa, olvídate por un segundo de quiénes somos, ¿sí? Aquí no hay nadie más y estoy apurada; ¡si luego te desmayas montando a caballo por el hambre, te dejaré atrás!
Le hablé con dureza, a ver si recuperaba algo de la fachada de mala que cada vez iba más al suelo.
Al final, se sentó arrastrando la silla.
Al inicio extendía la mano siempre mirando mi reacción, iba tan lento que yo misma le serví un plato lleno de rebanadas a más no poder y leche en un vaso.
En silencio, solo se escuchaba el sonido de nuestra masticación y los bajos rugidos de sus tripas engullendo la comida.
A pesar de la quietud, no era incómodo.
Silas es una persona llena de oscuridad y odio, lo podía sentir; sin embargo, a mí siempre me ha atraído lo macabro, lo raro, las tinieblas que todos rechazan, son fascinantes para mí.
*****
Recogimos las cosas de la habitación y bajamos a la recepción a pagar la factura de la noche.
— Tápate bien, a pesar del hechizo de camuflaje que te lancé —le advertí, cubriendo bien sus facciones con la capa.
Antes me parecía un don increíble y único; ahora me parece maquiavélico y horripilante.
*****
— Silas, bájate del caballo y camina detrás de mí como si me estuvieses siguiendo; es solo un corto tramo —le ordené mirando en el horizonte las murallas del feudo de la Croix.
Así lo hicimos, para no levantar sospechas de los demás.
Mi caballo delante pasando por el camino flanqueado por las extensas tierras de sembradíos.
Subí mi cabeza con altanería y cabalgué traspasando las enormes puertas de entrada.
Las personas se apartaban a mi paso, bajando la cabeza con respeto.
Algunas familias de elementales, clanes menores de brujos e híbridos, incluso algunos vampiros, buscaban la protección de la poderosa familia de la Croix.
El reino no era tan seguro como parecía; entre las mismas razas y clanes importantes había luchas de poder.
La familia real desde el inicio siempre fueron las Selenias; se decía que la misma Diosa hizo ese designio, pero nadie estaba feliz con el arreglo.
Sin embargo, aquí hablaba la fuerza y las Selenias habían dominado la corona con su poder e influencias.
Dejando atrás la bulliciosa ciudad, al fin llegué a la casa de Electra.
— Señorita Electra, bienvenida de regreso; debió enviarme un mensaje para hacer los preparativos —Grimm estaba en la entrada de la mansión.
— Claro, se nota lo sorprendido que estás de verme —le respondí con sarcasmo, bajándome del caballo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...