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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 204

SIGRID

Como si no supiese que ya le habían avisado desde que entré por las murallas.

— Solo deseo servirle con lo mejor, su señoría; tendría preparado su baño de rosas y la cena que le gusta —bajó un poco la cabeza, pero sus ojos agudos no podían dejar de desviarse al acompañante detrás de mi espalda.

— ¿Es un nuevo esclavo? —me preguntó al fin mientras me quitaba los guantes.

— Sí, quiero que le den alimentos, una buena y cómoda habitación y, ya que estabas tan preocupado, ordena preparar mis cosas —le ordené, dándole los guantes de cuero.

— Enseguida, señorita Electra —hizo una reverencia y lo vi como su rostro cambió a arrogancia, caminando hacia Silas.

— ¡Tú, ven conmigo al ala de los esclavos! —le rugió.

Daría órdenes para que mejorara la vida de los esclavos de Electra, pero no podía liberarlos aún o levantaría sospechas; por lo menos, se librarían del acoso de esta arpía.

Silas estaría mejor aquí que con Lucrecia, comería sus comidas, dormiría tranquilo y nadie lo iba a obligar a tener sexo a la fuerza.

Era lo mejor que podía hacer por él hasta que pudiese liberarlo antes de irme, porque Silas sabía algunos de mis secretos y temía que abriese la boca.

Me iba directo a mi cuarto, pero algo tiraba de mí hacia atrás, como una cadena atada a mi pecho, una mirada tan intensa que rayaba en la más absoluta locura.

Entonces giré mi cabeza y lo vi; no se había movido de su puesto y solo me observaba, me observaba, me observaba…

Ese ojo dorado parecía decir tantas cosas e incluso miré para la otra parte cerrada de la máscara que ocultaba ese ojo maldito.

Sentía el peso de su oscuridad llamándome vehemente.

— ¡¿Qué te crees que haces mirando a la cara de su señoría?! ¡Sígueme a tu lugar!

No obedecía a Grimm, no daba ni un paso a ningún sitio, tercamente parado en donde mismo lo había dejado.

— ¡¡Insolente!!

PAF

Reaccioné con el sonido del sonoro bofetón en su rostro.

La máscara cayó al suelo casi a punto de astillarse y de su boca bajaba un hilo de sangre, sin embargo, Silas no se movía y seguía solo mirando a mis ojos.

— ¡Maldito esclavo deforme!

— ¡DETENTE! —le grité cuando subió la mano para golpearlo de nuevo, el hecho de que lo hiriera me hervía la sangre.

Ni yo le había puesto un dedo encima mucho menos él.

Movida por una ira visceral, apreté el látigo, lo levanté con todas mis fuerzas y fustigué el rostro de Grimm, una, dos, tres veces como poseída.

— Se… Señora —se llevó la mano al rostro lleno de heridas sangrantes y me miraba incrédulo y asombrado.

— ¡¿Quién demonios te crees que eres para golpear lo que es mío?! —rugí encolerizada; si estuviese en mi cuerpo, los caninos de loba ya me hubiesen salido.

— Yo… yo solo hacía mi trabajo…

— ¡Tu trabajo es hacer lo que te mande! ¡Cuidar que mis órdenes se cumplan y no recuerdo haberte pedido que lo golpeases!

Di un paso adelante colocando la punta de la fusta en su barbilla donde la sangre escurría, el aura poderosa de una bruja aplastando la suya de híbrido hasta el fondo, sin piedad.

Abrí la puerta y entré, agotada del viaje.

Sentía que no había tenido un minuto de paz desde que llegué a este horrible pasado.

— Muéstrame tus heridas, voy a darte de nuevo sanación.

A pesar de mi cansancio, sabía que él aún no se recuperaba y con un viaje tan duro debería estar débil.

Fui hasta el inmenso cuarto de baño de Electra, quitándome las botas y poniéndome un vestido suave, ancho, descalza sobre la mullida alfombra y refrescándome con algo de agua fría del grifo.

Salí entretenida, con la cabeza baja, en busca de algunas gasas y cosas de desinfección naturales; cuando fijé mi mirada al frente, caminando hacia Silas, me quedé estupefacta.

Estaba por completo desnudo en el medio del cuarto, solo llevaba la máscara puesta.

Sin quererlo ni buscarlo, mis ojos se desviaron desde su pecho hasta su firme abdomen y de ahí a su miembro semierecto.

Era grueso y rosado oscuro en la punta, como una fresa madura y jugosa, deliciosa para meterla en la boca y chuparla.

Una fresa con sabor a naranja, qué combinación tan loca.

Mi mente desvariaba y mi cuerpo empezó a reaccionar, calentándose debido al hechizo.

— Si… Silas, ¿qué… qué haces? —desvié mis ojos a la fuerza hacia su rostro.

— Mi señora me ordenó enseñarle mis heridas —respondió tranquilo.

No sabía si era filtro de mi deseo, pero su voz se escuchaba en mis oídos: erótica, magnética y ronca, como si estuviese también excitado.

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