SIGRID
—Sí, pero no… no era necesario desnudarse por completo —intenté recuperar la seguridad que no sentía.
—Tengo heridas en todo el cuerpo, mi señora —respondió muy normal.
Subí mi mirada para fijarme en la suya.
Como siempre, ese ojo dorado no dejaba de observar cada uno de mis movimientos; algunos podían verlo hasta espeluznante.
En realidad, a mí me parecía como un cachorrito abandonado.
—Bien, pero si te sientes incómodo, puedes cubrirte tus… tus partes —caminé hacia él, mirando su pecho, su cuerpo dañado.
Comencé a concentrarme en todas las cicatrices de látigos y formas extrañas grabadas en su piel, me imagino que de instrumentos de tortura.
Suspiré, parada frente a Silas, ¿cómo se me ocurría siquiera mirarlo de manera lasciva imaginando todo lo que sufrió?
Esta Electra era una cerda.
—Bien, quédate ahí. Pintaré unas runas de sanación para tratarte —le expliqué, inclinándome en el suelo.
Me hice una pequeña herida en el índice y comencé a pintar con mi sangre los antiguos símbolos, intentando impregnarle un poquito de mi magia Selenia sin pasarme.
Estaba entretenida, agachada, mi vestido holgado, dejando ver porciones de mi piel, que agradecía la brisa que se colaba por el balcón.
Tenía mucho calor y aumentaba a medida que la tarde iba avanzando.
Este hechizo de meretriz parecía arreciar en las noche.
—Puedes avan… ¿Eh?
Levanté como tonta la cabeza cuando una sombra me cubrió.
Mis ojos casi se salen de las órbitas al ver lo que estaba justo frente a mi nariz.
Silas estaba demasiado pegado a mí, ni siquiera me dio tiempo a levantarme.
Su pene colgando, engrosado y venoso, con esa cabeza rosada, tentándome como una fruta madura, lista para degustar.
Tragué incluso; el hechizo de lujuria se revolvía en mis venas.
Ese olor a cítricos inundaba mis sentidos; la saliva aumentaba en mi boca y chasqueé mi lengua con deseos contenidos.
—¿Qué… qué haces?… ¡Umm! —reaccioné con tanto aspaviento que caí sentada en el suelo pesadamente.
—Mi señora, ¿está bien?
—¡Espera!, quédate justo ahí —lo detuve con la mano extendida cuando hizo por tocarme.
Luego me la llevé a la cara, pellizcando el puente de mi nariz, justo como lo hacía mi padre.
Diosa, ¿qué me está sucediendo?
Debo recuperar el control, todo lo estoy viendo a través del filtro de esta mente
cachonda.
—Mi señora, ¿se hizo daño? — su voz ronca y baja se filtró por mis oídos.
—No, no, Silas, solo, no te me acerques así tan de repente, yo… —“estoy a punto de devorarte completo”.
—Entiendo, le debe dar asco mirar mi cuerpo.
—¿Qué? —subí la cabeza para verlo, desviando la mirada con tormentas en su interior; sus manos fueron a taparse un poco.
—No, no es el caso, Silas, no…
Miles de palabras me atiborraban el cerebro, a punto de escapar de mis labios, pero todas se salían de la configuración de este personaje.
Yo era Electra de la Croix, una bruja despiadada y egoísta, arbitraria; ya bastante rara me comportaba.
—Mejor vamos a curarte —opté por callarme y me levanté — Quédate de pie en el medio del círculo.
¡Si Electra moría, qué sería de mí, moriría también!
Entonces comencé a luchar con mi propia fuerza, saqué parte de mi magia que había escondido, el poder oscuro que heredé de mis antecesoras.
Las Selenias tenían de licántropo, de vampiro y de hechiceras, pero siempre una parte predominaba sobre las otras; yo heredé la magia y no cualquiera, era también magia negra.
Las dos poderosas energías chocaron y batallaron, lucharon, las chispas vibrantes deberían saltar a nuestro alrededor y de un momento a otro… calma.
No sé cómo, pero pasé de la absoluta locura y desesperación a una armonía casi perfecta.
La magia m*****a dentro del cuerpo de Silas se entrelazó con mi propia magia, no con la de Electra, a la cual rechazaba.
Tenía la sensación de que las dos oscuridades se acariciaban, se reconocían y se reclamaban.
—Silas —murmuré abriendo mis párpados temblorosos, exhausta, sudando a raudales.
Las piernas cedieron por un segundo, el cuerpo de Electra no era tan poderoso como el mío propio.
Caí hacia delante, entre unos fríos, pero protectores brazos que me sostuvieron. Mis manos se aferraron a sus hombros.
Alcé mi cabeza y me enfrenté a esa mirada misteriosa, sin la máscara para cubrir sus facciones.
Observaba directo a ese abismo sin fondo en su ojo y sentía que el abismo también me observaba a mí de manera intensa y obsesionada, enloquecida y peligrosa.
Pero no tenía miedo, mi magia, que ahora había regresado a mi control, más bien estaba inquieta y revuelta.
Quería volver a intentarlo, quería fundirse de nuevo con la locura, el dolor, con las tinieblas de este hombre tan herido.
Apoyé la cabeza en su pecho sin hablar, solo escuchando el retumbar de ese poderoso corazón.
“Solo un segundo, Silas, por favor, no me rechaces, solo necesito un segundo para pensar, para entender qué misterios ocultas.”
¿Será esta la resonancia de almas mágicas?
Pero cómo, si Silas no es un hechicero.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...