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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 212

SIGRID

Escuché un sollozo más fuerte a mi espalda.

La chica, que no había hecho una escena delante de Drusilla, apestaba a miedo ahora frente al peligro que representaba Silas.

—Silas, te hice una pregunta —subí las manos, intentando calmarlo y dando pasos suaves hacia él.

No me respondió, solo la miraba como un animal salvaje esperando para engullir su presa.

Si tenía alguna duda, la acababa de verificar; Silas no era lo que me había mostrado.

Esa sumisión frente a mí solo representaba una fachada.

Recordé las palabras de Lucrecia sobre su rebeldía; sobrevivir tantos años en manos de esa maniática no es para un esclavo débil.

No solo su espíritu era fuerte a pesar de las heridas de su alma, sino también el poder maldito dentro de él era… aterrador.

—Te estoy hablando, Silas, ¿qué haces aquí? Te dije que me mires, ¡mírame de una maldit4 vez! —me estaba enojando.

Llegué delante de él y lo acorralé contra la esquina de la puerta, tomando su mandíbula con fuerza y obligándolo a mirarme a pesar de su alta estatura y su cuerpo mucho más fuerte.

Al fin ese ojo dorado, errático y enloquecido, lleno de tormentas asesinas, se fijó en los míos.

A pesar de la máscara que tapaba la mitad de su cara, sentía el otro ojo maldito, también mirándome obsesivamente.

—Yo la estaba esperando, mi señora… me preocupaba que era muy tarde —comenzó a hablarme, inquieto, aún quería fijarse en ella.

—¿Por qué me preguntas por la esclava? Creo que te estás volviendo demasiado osado, Silas, no tengo que darte explicaciones —le respondí con dureza, sintiendo que tenía una bomba de relojería entre las manos.

—¿Estaba divirtiéndose con ella? ¿Es su nueva amante? —me siguió cuestionando en voz baja y miró de nuevo a la chica con malas intenciones.

Algo muy dentro de mí me dijo que si lo afirmaba, Silas asesinaría a esa mujer en el acto, ¿por qué?

—¡Entra a la mansión y espera! —le grité a la esclava, que corrió hacia el interior.

Mi cuerpo se pegó más al tenso de Silas, encerrándolo entre mis manos.

Sabía que no le gustaba la proximidad, pero yo era el único escudo que la protegería de la muerte segura.

La puerta se cerró de golpe detrás de ella.

Nosotros seguíamos expuestos al frío de la noche, contra la oscura esquina entre la pared y la enorme puerta.

A veces olvidaba que Silas me daba mil vueltas en el tema del sexo.

—Yo, yo no…

—Ella no puede embarazarla y no le creo nada, ¿por qué me miente?

Ahí sí que me quedé de cuadros. ¿De qué estaba hablando? ¿Cuándo le había mentido?

—No te miento, ¿de qué hablas? Silas, déjame girarme…

— Ha estado con otros —me pegó aún más contra la esquina, coloqué mis antebrazos en alto contra la pared, flexionados al lado de mi rostro.

Mi frente rozaba un poco la fría piedra. Me sentía tan pequeña sometida por su alto cuerpo.

Sus palabras bajas y roncas me hacían estremecer el vientre, el morbo de toda esta situación ya me tenía húmeda.

La mano en mi cuello se apretaba sin dañarme, pero sin darme espacio a desobedecer.

Esa magia oscura me estaba rodeando, como una bruma que salía de su cuerpo y me envolvía de manera posesiva.

Lo peor era que me encantaba.

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