SIGRID
Me recosté más a él que bajó sus manos y acomodó mi falda para tapar mis piernas del frío.
Luego empezó a acariciar mis brazos para darme calor.
Mis ojos miraron a la enorme luna llena en el cielo, tenía tantas dudas sobre él, era tan complejo y único.
Sentía que su oscuridad me absorbía, me llamaba y cada vez podía hacer menos para resistirlo.
—¿Lograste comprobar que no te mentía? —de tantas preguntas que tenía en la punta de mi lengua esa fue la tontería que solté.
—No, aún no estoy seguro mi señora, tengo que comprobarlo de otras maneras —susurró suavemente contra mi nuca erizándome toda la piel.
—Silas, sabes que yo nunca te obligaré a nada, no te miento. Conoces secretos que no deseo que nadie más sepa, no puedo dejarte ir así como así, por lo tanto, no te venderé a nadie, no tienes que obligarte a complacerme.
Me giré un poco entre sus brazos para enfrentarlo.
Su cabello corto brillaba bajo la luz de la luna y estaba desordenado de manera sexy.
Ese ojo dorado brillaba más que el sol, solo devorándome.
Mirar las cicatrices y quemaduras tan horribles de su rostro masculino y que se notó alguna vez fue hermoso, no me daban asco, solo me generaban odio y ganas de matar.
Él se quedó en silencio, hasta que al fin se decidió a responder.
—Siempre que tenía que servirle a… a esa mujer —dijo entre dientes sin rehuir mi mirada
— Ella tenía que amarrarme con cadenas, drogarme cada vez con más y más cantidades de esos asquerosos brebajes que me hacían sentir como si me estuviese quemando vivo por dentro, solo para conseguir esto…
Tomó mi mano y la llevó hacia la dura silueta de su miembro, la tela del pantalón tenía una enorme mancha redonda.
Tragué en seco y la verdad era una desgraciada, disfrutando tanto y este pobre hombre así.
—Puedo, puedo ayudarte, yo no sabía…
—No —se negó rotundamente apartando mi mano de su virilidad y dejándome congelada.
Fruncí el ceño sin poderlo evitar, fue a abrir de nuevo la boca, pero lo interrumpí.
—¿Entonces por qué estás así conmigo? No te he dado ningún brebaje, es… quizás por mi hechizo de fertilidad, ¿te está afectando? —pensé en esa posibilidad.
¿Pero qué tan fuerte era este hechizo que lo excitaba cuando los más potentes de Lucrecia no lo lograban?
Silas se quedó observándome como siempre, con miles de pensamientos
rondando su mente.
Sin embargo, no sabía por qué, parecía que más de su magia se había colado dentro de mi cuerpo, enlazada con la mía.
Las piernas como gelatinas y el interior aún palpitándome con el regusto del intenso orgasmo.
Mi mirada disimulada fue a la esquina llena de rastros salpicados sobre la pared y el suelo de piedra, esperaba que esa mancha lasciva, mañana se hubiese secado, si no qué vergüenza.
Ni siquiera sabía que una mujer pudiese venirse así, casi como un hombre. Que guarra esta Electra.
Me subí bien la braga, soportando la incomodidad pegajosa entre las piernas y sacando algo de dignidad después de haber echado abajo por completo mi fachada de bruja mala.
Aunque como Electra era una pervertida, la imité muy bien en ese punto.
Caminé con mi desobediente cola persiguiendo mis pasos.
Atravesé el umbral, las luces de las velas sobre los candelabros en las paredes casi al apagarse.
Reinaba un silencio sepulcral, casi todos dormían, pero había olvidado un detalle muy, muy importante.
—Se…Señoría —una vocecita de repente me llamó con timidez desde una esquina del vestíbulo.
Mirando aún con miedo a Silas de soslayo, pero la cabeza baja, enrojecida y se notaba su incomodidad.
Estrujaba sus manos delante de su cuerpo con nerviosismo.
Diosa, ¿cómo pude olvidarme de esta chica?, ¿qué tanto nos escuchó?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...