SIGRID
Obvio y no la culpo, si sumido en la oscuridad, donde no da la luz, solo se observa un ojo dorado que la mira como una serpiente esperando a engullirla.
—Yo… — da un paso atrás con terror.
—Mejor párate en la otra esquina —le ordeno suspirando, así evito una tragedia.
Silas de repente sale de su rincón donde él mismo se quedó de guardia.
Va a la mesa y comienza a trinchar la carne finamente como me gusta, a servir en mi plato las cosas que prefiero, le quita la grasita del jamón que no me agrada y sirve un poco de vino en mi copa.
Todo con destreza y rapidez, me quedo absorta descubriendo que ha examinado todos mis gustos.
Debe ser parte de su entrenamiento para ser el esclavo perfecto.
—Mi señora, subiré el fuego de la calefacción, debería quitarse esa capa tan pesada, será incómoda para comer, ¿le traigo otra más ligera? —me pregunta como quien no quiere las cosas.
Pero ya sus manos van a bajar la mullida capa, a descubrir la parte de arriba de mi cuerpo.
El vestido borgoña que llevo, tiene unas mangas fruncidas que caen sueltas por mis hombros.
El escote recto, a modo de corpiño, deja toda la zona del pecho y el cuello al descubierto.
—No, pondré una barrera protectora, será cálida la terraza —lo observo por un segundo.
Míralo tan complacido, casi puedo ver una cola moviéndose detrás de su trasero como un perro feliz, después de caerme a mordidas.
Asiente y se retira dejando la capa sobre la otra silla, va de nuevo a su esquina, pero por supuesto que esa aura oscura está intimidando a la pobre chica.
Solo de mirarla un momento, vi sus ojos abriéndose como platos, recorriendo mi cuello y mi escote.
Mañana me lo curaré, esto desaparece al momento, pero por hoy, voy a dejarlo ser feliz con esta tontería.
Comí con calma, en realidad miraba a lo lejos, las luces de todas las casas, el humo de las chimeneas elevándose en el cielo nocturno tan hermoso.
Todos en este feudo trabajaban y dependían de esta familia, incluso barrios de elementales que eran principalmente agricultores y araban los campos De la Croix.
Jugando con fuego, confiando aún en la supuesta justicia de este mundo, en las leyes que imponía la familia real y todos sabían en secreto que no se respetaban.
—Silas, sirve vino en dos copas —me limpié la boca con la servilleta blanca y me levanté de la mesa caminando hacia ella.
—Me complace mucho que seas mi esclava, esta noche me servirás, si eres obediente, te trataré bien —mis propias palabras me daban repelús.
La chica sonríe tímidamente y baja la cabeza.
—Haré todo para complacer a su señoría —la escuché susurrar y pasos que se acercaban.
Juraría que había detenido las corrientes de aire, sin embargo, algo frío estaba congelando mi espalda.
Me giré y Silas me pasó una copa, su expresión dura, intimidante.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...