SILAS
¡BAM!
La puerta se abrió de golpe y entró una mujer de cabello largo y negro con la traidora.
La reconocía, creo… como muchos de mis recuerdos fragmentados, no sabía decirlo a ciencia cierta.
Igual no me podía dejar ver; si ella me reconocía, pondría en peligro a mi señora, así que me escondí en las penumbras del balcón, espiándola a través de la ranura de la puerta.
—¡Busca bien por todos lados, tenemos que encontrar alguna evidencia sólida para Morgana, porque si me equivoco en esto, Electra va a rebanar mi cuello!
Le ordenaba a la chica y comenzaron a revisar las cosas de mi señora: la cómoda, las mesitas, el guardarropa, nada se salvó. Iba a por todas, pero no pudo hallar nada.
Cada vez que pasaban cerca del balcón, me sumergía en las sombras que emanaban de esta maldición.
He tenido tiempo para explorarme, ahora que mi vida no solo consistía en sobrevivir.
En mis momentos a solas, he intentado aceptar quién soy y convivir con este monstruo en mi interior, era el momento de poner en práctica lo aprendido.
Deseaba hacerme más fuerte, precisamente para no ser su carga y cuidar de “ella”.
—¡Nada, nada maldición! —dio golpes en la cama después de levantar el colchón
— ¡Dijiste que había un esclavo raro que siempre la acompañaba! ¡¿Dónde está?!
Agarró a la chica del cabello con rabia y la hizo confesar.
—No sé, no sé, Sra. Drusilla, debe estar en su cuarto, no vi que su señoría se lo haya llevado, ¡él tiene que estar por aquí, es muy siniestro! —esa chica aguantaba las lágrimas, arrojada al suelo, frente a los pies de esa zorra.
Ya sabía su nombre, Drusilla De la Croix.
—¡Más te vale que todo el esfuerzo que he puesto en ti de frutos, que ese esclavo no sea una pérdida de tiempo o tu cabeza será la primera en rodar! —le dio un puntapié y le gritó, para que fueran a mi habitación, bajando las escaleras.
Este era mi momento de escapar, ¡debía advertirle a mi señora!
Pero no podía salir por la puerta principal, sería descubierto, me asomé al borde del balcón.
Estaba alto, muy alto, y el suelo tampoco era uniforme, sino formado por enormes piedras irregulares en la base de la torre.
Buscaba desesperado una manera de bajar por alguna enredadera, resultaba casi imposible arrojarse sin partirse el cuello.
Caminé con prisas hacia el otro extremo, pero repentinamente mi oído captó el silbar de algo cortando el viento a mi espalda.
Lo reconocía muy bien, me habían golpeado con eso demasiadas veces, era un látigo.
Salté arrojándome al suelo; aun así, sentí el ardor doloroso al rasgarse la camisa y abrirse la piel.
Me giré enseguida enfrentando a esa hechicera, me había descubierto.
—Así que tú eras la energía rara que sentía flotando, parece que mi hermanita dejó algún hechizo para protegerte, vaya, vaya, qué sorpresa —me dijo cínicamente, saliendo de la habitación.
Sus ojos afilados me escaneaban, se podía ver que le resultaba conocido.
Maldición, mi máscara estaba toda fracturada, mi cabello platinado demasiado llamativo y mis rasgos expuestos, ella quizás me reconocía a pesar de mis cicatrices.
—¡Eres tú! —como en efecto, exclamó señalándome y sus ojos mostrando asombro
— ¿Qué haces aquí el esclavo favorito de Lucrecia Silver? ¿Qué te sucedió?
Dio un paso adelante y yo me levanté para caminar hacia atrás, no iba a responderle nada, mi cerebro trabajando frenéticamente en cómo escapar.
—Ni siquiera lo intentes, esa es una caída a la muerte, ¡ven, te lo estoy ordenando, esclavo! —chasqueó el látigo en su mano, creando una marca en el suelo de piedra.
No hablé, miré hacia atrás, al borde de la balaustrada.
—¡Qué vengas acá, te estoy ordenando! —blandió el arma con rapidez e intenté protegerme levantando la mano.
Abrí los párpados y miré desconcertado a mi alrededor, solo oscuridad y magia tenebrosa que me rodeaban.
Subí la cabeza, a la torre, y por un segundo mi mirada se encontró con la de esa hechicera.
Estaba anonadada, me había visto, mis rarezas, se quedó tan asombrada que ni siquiera había reaccionado.
Yo sí lo hice, aún no estaba a salvo.
Corrí sin pensarlo dos veces hacia el establo y busqué un caballo.
¡Estaba el de mi señora!
—Ayúdame, ayúdame a encontrar a Electra —acaricié su crin y le hablé en voz baja como ella le hacía.
La adrenalina corriendo por mis venas me hizo subirme a su lomo con torpeza, pero rapidez.
Lo azucé agarrándome con fuerza a su crin para no caer al suelo, mis piernas como grilletes pegadas a sus flancos.
Los cascos veloces salieron galopando por la ciudad, haciendo eco en la noche, el viento pasaba silbando y los murmullos de las personas quedaban atrás.
Parecía que reconocía mi premura y mi desesperación por su dueña, alcé un poco mi cabeza y miré hacia la retaguardia.
Nubes de tormenta se movían sobre la mansión.
Pronto me estarían dando caza.
—Vamos, vamos, rápido, rápido —lo apremiaba y pronto llegamos al primer obstáculo.
Las puertas de la ciudad estaban siendo cerradas para no permitirme escapar.
¡No, no, no podía quedarme prisionero aquí!, ¡¡no podía!!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...