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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 235

SIGRID

A través de los ojos del animal, observaba la inmensidad del bosque buscando un refugio seguro y pronto lo encontré.

En medio de las montañas, lejos de la mansión, posiblemente fuera de sus tierras, vi un agujero oscuro, medio oculto en la ladera.

Me posé suavemente en la entrada cambiando a mi forma humana, un hechizo de fuego en mis manos que me serviría para atacar y alumbrarme.

Las corrientes frías hacían revolotear mi cabello, miré hacia el horizonte, al cielo nocturno.

Por alguna razón me sentía inquieta y nerviosa; aun así, tomé el riesgo de internarme en esta cueva salvaje, esperando no encontrarme con ninguna sorpresa.

Coloqué por si acaso un hechizo defensivo en la entrada.

Al inicio transité por pasadizo estrecho que luego se fue ampliando como un embudo.

El olor a humedad y a tierra me dio la bienvenida, pero no parecía la guarida de ningún animal.

Miré a dos túneles que seguían internándose en lo desconocido, pero lo que iba a hacer, bien lo podía ejecutar aquí mismo, en esta pequeña galería.

Me senté en el suelo, en una parte seca, contra la fría pared, y rebusqué entre mi corsé y el adorno que llevaba en el cabello.

Pronto tuve todas las piezas mágicas delante de mí, listas para ser ensambladas.

La luz de la pequeña bola de fuego flotaba sobre mi cabeza alumbrando mi faena.

En menos de 15 minutos, ¡lo tenía listo, al fin!

Dibujé las runas del sueño alrededor del pequeño artefacto en forma de flor, mis dedos temblaban un poco, Diosa, imaginaba a mis padres llorando, todo el dolor y el drama.

Tomando una profunda inspiración comencé a recitar el encantamiento y cerré los ojos sumiéndome en el mundo onírico donde esperaba encontrarme con Zarek.

Lo elegí a él porque nuestras magias oscuras eran las que tenían más afinidad, rezaba por poder contactarlo.

Cuando abrí los ojos de nuevo, miré a mi alrededor, al bosque marchito y sombrío, donde no había noche, ni día, ni viento, ni calor humano, solo recuerdos olvidados, sueños inconclusos y las peores pesadillas.

Caminé sin rumbo, solo siguiendo mi instinto, llamándolo en mi corazón una y otra vez.

Segundos, horas, días, no sabía, aquí el tiempo iba a su paso, pero yo buscaba y buscaba y buscaba, llamaba y llamaba, sin resultados.

“Por favor, alguien, por favor, Zarek, duerme y encuéntrame, duerme y encuéntrame”

Supliqué, cayendo de rodillas, llevando las manos a mi rostro.

Debajo de mí un profundo abismo, las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.

Este artefacto, no me ayudaría a comunicarme con mi familia.

— ¿Sigrid? – de repente una voz hizo que mi corazón se saltara un latido.

Me giré con rapidez, con miedo de estar imaginando cosas.

— ¿Tío, eres tú? ¡Eres tú! – me levanté corriendo hacia él y lo abracé por la cintura, llorando, quebrándome después de tanto resistir todo este tiempo.

— Calma pequeña revoltosa, calma – pasó la mano por mi cabeza, sus manos rígidas, se veía algo perdido.

— ¿Qué hacemos aquí? Sigrid ¿qué hiciste ahora niña?

Me separó tomándome por los hombros, su ceño fruncido, la verdad es que esperaba otra reacción.

— Tío, no me fui porque quise, yo… la Diosa…

Pero cuando intenté contarle detalles, era de nuevo la sensación de tener los labios cosidos.

— Mmmmnn…

Luché enojada, queriéndome rasgar la boca con las uñas, harta de tanto misterio, de tanta porquería de planes, ¡de todo!

— Cálmate, cálmate, Sigrid, no hay mucho tiempo, este hechizo fluctúa, no sé por qué me llamaste, es obvio que tiene que ver con esa maldit4. ¡Dime, dime qué necesitas de mí! – me preguntó con apremio.

Entendí que tenía que aprovechar este momento irrepetible lo mejor que pudiese.

— Diles a mis padres que no se preocupen, que regresaré a mi cuerpo…

Por último, una imagen apareció en mi mente, era mi padre con mi madre sentada en sus piernas.

Hablaban animadamente alrededor de una mesita, en el jardín del palacio oscuro.

Mi abuela al lado de mi querido Quinn, sus manos siempre entrelazadas, la belleza de la Selenia que solo se podía mantener entre estas cuatro paredes.

La tía Celine miraba hacia la puerta del interior del palacio, seguro extrañando a su mate.

Mis pasos se acercaron por el césped hasta mis amados padres.

Mamá sonreía por alguna tontería y mi padre, como siempre, con el ceño fruncido.

El amor intenso de ambos se respiraba en el aire, en cada gesto oculto, en cada mirada cómplice…

“Mamá, papá, es mejor que no sepan, es mejor para ustedes… Cuando terminen el té de la tarde, ya estaré de vuelta…”

Susurré a su lado estirando mis dedos para acariciar sus rostros, como la brisa de la tarde, ellos no podían verme.

Mamá se quedó de repente en silencio, descubrí una lágrima rodar por su mejilla, ella no comprendía por qué de repente estaba llorando, se la secó con un dedo y se quedó con la cabeza baja.

Mis ojos húmedos no paraban de lagrimear, bajaban sin control por mis mejillas, los sollozos escapaban de mis labios.

Di un paso atrás, me desvanecía, esta conexión se rompía.

De repente, papá estiró la mano en mi dirección, queriendo agarrar mi mano inexistente.

Se levantó de golpe, parando también a mi madre, caminando hacia mí, desesperado como si pudiese verme, pero yo sabía que solo era el instinto de un padre.

— ¡Sigrid, Sigrid! ¿Dónde está mi hija? ¡¿Dónde está mi cachorra Aldric?!

Los gritos ya se escuchaban a lo lejos, mi madre llamando mi nombre, los ojos rojos de mi padre mirando fijos en mi dirección y yo, un fantasma que se desvanecía de nuevo de su presente y seguía prisionera del pasado.

Cuando volví a tomar consciencia, estaba de vuelta en esa fría cueva, me abracé las piernas y lloré, lloré como nunca antes.

Me desmoroné por completo, para resurgir con más fuerzas, ahora tenía información importante en mis manos.

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