SIGRID
—¡Espera! —Renata me llamó al final de la conversación.
La verdad es que se habían quedado muchas cosas colgando, planes inconclusos, pero todo no se podía hablar en una noche.
Además, mi mente siempre divagaba hacia la cueva donde había dejado a Silas y me preocupaba.
—Esto te protegerá —dijo quitándose un hermoso collar con una fina cadena dorada y un colgante con la forma de una lágrima negra.
—. Es para evitar que se exponga tu poder de Selenia por accidente.
Sigrid lo tomó con curiosidad; si era para eso, resultaba muy conveniente.
—Cuando luches contra Morgana, esto evitará que salga el aura de Selenia fuera de la mansión y todo el feudo sepa lo que eres. Solo pensarán que fue una disputa entre hermanas por el liderazgo. —me explicó, asegurando el colgante mágico, que se pegó frío a mi piel.
—Bien, lo tomaré. Gracias —dije, algo cortada.
La verdad es que tendrían que trabajar un poco más para arreglar esta pésima primera impresión.
—Me voy. Nos vemos entonces en el punto donde quedamos. Si no asisto…
—Tienes que asistir —me interrumpió Alessandre—. Tienes que vencer. Iré de incógnito al feudo De La Croix y te ayudaré en lo que pueda.
—Yo borraré los rastros de magia de esta pelea. Puedes estar tranquila —Renata me aseguró.
Asentí a ambos, la verdad es que contar con apoyo era un cambio radical.
Hablamos dos o tres palabras más corteses y, al fin, me fui por mi camino.
No confiaba completamente en ellos, pero eran mi única esperanza, así que ni modo.
Miré hacia la cima de la montaña desde abajo y me convertí en fina niebla para fluir con los elementos.
Sentía la magia de Renata rugir en mis venas después de alimentarme con su sangre poderosa.
Necesitaba tiempo para digerirla por completo y también la utilizaría para sanar a Silas.
Me paré delante de la gruta y dibujé más y más runas alrededor de la entrada para protegernos del frío, de los intrusos y el peligro.
Entré y caminé por el estrecho pasillo, enseguida llegué a la galería y me encaminé a una pequeña cueva excavada, que había descubierto.
La cálida luz mágica que dejé como una pequeña fogata en el suelo, enseguida me mostró a Silas sentado sobre mi capa, en una esquina, mirando fijamente hacia la entrada.
—¡Mi señora! —hizo por levantarse en cuanto me vio.
—Silas, no, no te muevas… —caminé apresurada hacia él, inclinándome, porque el techo era bajo.
—Estoy bien, mi señora.
—¡No, no estás bien! —me arrodillé frente a Silas, examinándolo más a fondo ahora que teníamos tiempo.
—No, no, estoy peor, pero no me siento mal, no mires… —tomó su ropa bajando la cabeza.
Ay, Diosa, sí, estaba peor, su piel arruinada por completo, su pelo chamuscado, la mitad del rostro sana se había ennegrecido también, la piel parecía endurecerse y cuartearse.
—Cierra los ojos y acuéstate sobre la capa, te daré sanación ahora —intenté empujarlo, pero se seguía resistiendo.
—No, no gaste su magia en mí, si la persiguen, si Morgana la busca, la va a atacar, ahora no puede regresar a casa… —me tomó las manos, se notaba ansioso, aunque hacía todo por no mirarme.
—Silas, mírame, no, no más huir, mírame de frente —tomé sus mejillas con cuidado y lo obligué a enfrentarme.
Por todos los cielos, sus ojos, parecía estar mirando a huecos sin fondo, resultaba espeluznante, la verdad, pero yo siempre había visto más allá de su físico.
—Esa no es mi casa, mi casa es donde están los seres que aprecio y quiero —quería tanto confesarlo todo, ¿él me creería?
— ¿Por qué debería temer al único ser que me ha traído luz en esta vida de miserias?
El corazón me saltó un latido al sentir las caricias de su mano sobre mi cabello, su aliento sobre mi frente, mis propias emociones influyendo en este cuerpo.
Mis manos sudaban aferradas a los retazos de su ropa.
Mi alma revoloteaba, eufórica, él siempre me quiso a mí, no a Electra, sino a mí.
—Silas… —intenté levantar la cabeza, necesitaba explicarle.
¿Cómo contarle que me iría alguna vez de este mundo, pero que pensaba llevármelo, aunque aún no sabía cómo?
Sin embargo, una mano fría y tosca, llena de cicatrices, se posó con suavidad sobre los ojos de Electra, ahora mis ojos.
—¿Qué pasa?
—Mi señora, usted me prometió que si era bueno, me daría una recompensa —recordé mi promesa antes de salir del feudo.
¿Por qué este cambio tan radical?
—¿Y fuiste bueno? —torcí la boca con un poco de ironía, apostando lo que sea que hasta le alegró que irrumpieran en el cuarto para escapar.
—Siempre he sido muy bueno con su señoría —susurró contra mis labios, su respiración entrelazada con la mía, sentía mi rostro arder, debería estar sonrojada.
—Yo… —tragué en seco—, bueno, puedo darte una recompensa.
—¿Puedo pedir lo que quiera? —De repente, miles de imágenes no aptas para cachorros pasaron por mi mente.
Ay Diosa, por qué me había convertido en una pervertida, ¡todo era culpa de Electra y sus malditos mejunjes!
—Sssí, sí… —respondí, esperando, aguardando.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...