NARRADORA
Sigrid sintió un movimiento a su espalda y llevó la mano sutilmente hacia atrás para apretar la ropa de Silas.
El mensaje era claro: “tranquilo, yo puedo con esto”.
—Pero creo que había más eventos. Los demás estarán muy decepcionados —Sigrid le respondió neutral.
—Que se jodan. Vengan, vengan conmigo, vamos a mi santuario —Lucrecia los invitó, bien entusiasta.
Ya iba a estirar las garras para tomar a Silas del brazo, pero Alessandre fue más rápido y la agarró de la cintura, alejándola.
—Cuéntame, ¿con qué estabas tentando tanto a mis padres? Estoy harto de que nunca me tomes en cuenta —el vampiro comenzó su charla superflua, ayudando también a Sigrid.
Era más que obvia la lujuria en los ojos de Lucrecia cuando miraba al tal Silas, una obsesión más allá incluso de tan excelente disfraz.
A través de los pasillos oscuros, de la brisa nocturna que hacía susurrar las hojas, de los gemidos ahogados en cada rincón y las risitas femeninas, Lucrecia los guio hasta el mismo centro del laberinto.
Silas seguía siempre a Sigrid, su mano acariciando la espalda baja femenina.
En realidad, solo habían simulado sobre la fuente, pero a pesar de la situación tan extrema y de todo el peligro, ambos andaban bien calentitos por tanto frotamiento.
Braga mojada y erección bien dura.
El viento frío les aclaró las entendederas y le “bajó” los ánimos a Silas.
—Aquí estamos. Los llevaré a un sitio especial que pocos de mis invitados han tenido el placer de visitar —Lucrecia anunció, parada debajo de la enorme estatua de dos amantes enredados, semidesnudos bajo la luna.
En el corazón del laberinto había un claro.
El suelo, forrado con adoquines, tenía musgo aferrándose a las grietas entre las piedras.
Lucrecia, con rostro misterioso, se hizo un pequeño corte en un dedo y subió su mano para meterla por debajo de la tela rígida de mármol que cubría el miembro de la estatua masculina.
“Diosa, hasta unas simples runas de acceso debían convertirse en algo pervertido con esta mujer”, pensó Sigrid y apretó los dientes al verla chuparse lasciva la sangre del dedo mientras miraba hacia Silas.
“¡Ya llévanos a tu trampa, m*****a bruja, que quiero descuartizarte!”
Sigrid estaba que echaba chispas, apenas disimulando su enojo.
El sonido de un mecanismo comenzó a romper la quietud del laberinto.
El suelo empezó a estremecerse y, de un momento a otro, descendió poco a poco.
El círculo alrededor de la estatua donde ellos estaban de pie crujió y se sumergió en las profundidades de la tierra hasta llegar a un nivel inferior.
—No sé ni para qué me asombro. Cada día más creativa, Lucrecia —Alessandre bufó, mirando el pasillo subterráneo que se extendía delante de ellos.
Los candelabros de cobre colgaban de los laterales en las paredes, con fuego mágico iluminando el camino.
—Esta noche estás… diferente. No sé, realmente te convino juntarte con Electra —ella lo tomó por el brazo y los condujo a través de su guarida.
Se había dado cuenta de que Electra era un poco celosita con su esclavo.
La malevolencia acechando detrás de las paredes… ¿qué era eso?
¿Acaso más espectros? ¿Lucrecia consiguió también crearlos a partir de sus experimentos?
Se tumbó al lado de Lucrecia, medio reacia.
—Pero acércate, querida, que no muerdo —le sonrió, sugerente.
—. Sé que hemos tenido nuestras desavenencias. ¿No te habrás tomado a pecho lo de la fiesta de Alessandre? ¿No?
—Donde ordenaste a esa bruja que me asesinara, nooo, qué va, para nada —Sigrid le respondió con sarcasmo, acomodándose a su lado para nada confiada.
—Bueno, voy a asegurarme de disculparme bien esta noche —se inclinó y le susurró bajo en el oído.
Detrás de ellas, Silas estaba quedándose con paciencia cero.
Si ya estaban aquí, mejor destruirlo todo de una vez, pero Sigrid le había dicho que quería salvar a ese esclavo de la subasta.
Solo para estar segura de algo que no le explicó muy claro, y aunque se le hizo de tripas corazón, como siempre, seguía lo que ella le pedía.
Pronto, después de unas órdenes de Lucrecia, comenzaron a traer vino y acercaron las fuentes de frutas.
Las cortinas rojas al fondo se abrieron y aparecieron dos esclavos hombres y una mujer.
Con un asentimiento de cabeza de Lucrecia, subieron a un pequeño escenario forrado con telas rojas de terciopelo y comenzaron a hacer su exhibición.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...