NARRADORA
En la mano libre de Silas se formó una daga negra asesina, que enseguida apuntó al cuello de Lucrecia.
Ambos atacaron al mismo tiempo, aprovechando el factor sorpresa y la cercanía.
Solo que no sería tan sencillo.
La daga y las llamas devoradoras se sumergieron de repente en una niebla oscura.
El cuerpo de Lucrecia desapareció en la nada, flotando con magia negra y reapareciendo unos metros más allá.
Por un segundo, los tres se miraron.
—¡¿Quién rayos eres?! —rugió Lucrecia, analizando a Sigrid en profundidad.
Esto sí que no se lo esperaba.
No podía ser… ¿ese era el poder de una Selenia dentro de Electra?
—Eso no importa, solo que morirás —Sigrid no estaba para más charla.
Convocó una espada afilada con llamas azules brillando y se abalanzó sobre Lucrecia, quien también convocó una espada de elemento fuego.
Comenzaron a luchar en la espaciosa habitación, destrozando los muebles, intercambiando con odio cada estocada, cada bloqueo, cada asalto.
Quienquiera que fuese esa Selenia, luchaba formidable.
Nadie se le había enfrentado así cuerpo a cuerpo.
Los ataques combinados de patadas y puñetazos, las reacciones rápidas y ofensivas le recordaban el estilo de lucha de los lycans.
Silas estaba esperando, mirando a todos lados, listo para detener cualquier ataque furtivo contra Sigrid.
Sabía que Lucrecia era una rastrera.
Nunca ganaba a las buenas; siempre tenía trampas escondidas.
Pronto, el cuerpo de Lucrecia comenzó a acumular heridas mágicas que no se sanaban tan fácil.
Las llamas empezaron a invadir la habitación y devorar todo a su paso, menos la cama.
Lucrecia decidió que ya era hora de dejar de jugar.
Le lanzó un ataque feroz a Sigrid, que la obligó a retroceder unos pasos.
En solo segundos, Silas vio cómo Lucrecia se hacía un profundo corte en el cuello y siseaba deprisa palabras enredadas, encantamientos malditos.
Sus pupilas se convirtieron en ranuras verticales y escamas blancas comenzaron a cubrir su piel.
La sala se llenó en un pestañeo de una bruma blanca, helada como las cimas de las montañas.
Él la había visto haciendo este conjuro una vez y sabía lo que venía a continuación.
—¡Cuidado, Sigrid! —se abalanzó, jalándola por el brazo y arrojándola al suelo.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...