NARRADORA
Sigrid estaba desesperada.
Sabía que debía existir algún portal mágico en algún lugar: en estas paredes, el techo…
—¡Maldición! —explotó, llena de rabia e impotencia.
Silas era fuerte, pero igual tenía miedo. No deberían haberse separado.
De repente, en medio de su desesperación, su pecho comenzó a doler mucho, demasiado.
Se llevó la mano al esternón.
Diosa, ¿ahora qué era esto?
Su mente estaba en caos, la visión nublada mientras sus manos palpaban piedra por piedra, buscando la apertura mágica.
Debía calmarse. Le echaba la culpa a su estado tan enloquecido. Estaba perdiendo el control.
Electra se revolvía en su prisión, más demente que nunca, gritando por salir.
—¡Ahora no, m*****a loca! —rugió, apresando su espíritu con todo.
No podía dividir su poder en estos momentos, debilitándose para mantenerla a raya.
Solo que Sigrid se olvidó de que compartía la habitación con alguien más, alguien que le interesaba mucho al cuerpo que parasitaba.
De repente, en medio del caos y de las llamas que devoraban poco a poco todo a su paso, la sensación de un peligro inminente le erizó todos los cabellos de la nuca.
—¡Aaaahhh! —gritó de dolor lacerante, mirando hacia abajo sin poder creer que la punta de una daga atravesaba su pecho.
La sangre comenzó a escurrirse, manchando el vestido, pintando una mancha carmesí.
Sigrid se giró con incredulidad para ver a ese elemental temblando frente a ella, desnudo, su piel llena de maldiciones, tatuajes raros recorriendo su rostro, venas abultadas y negras alrededor de sus ojos en pánico.
—Yo… yo no quise… yo no quise… —repetía como un bucle.
Sigrid sabía muy bien que él no lo hizo a propósito, que esta era la sorpresita trampa que le tenía preparada Lucrecia para cuando fuese a acostarse con el esclavo.
Miró la cama, donde los grilletes se habían abierto solos.
Él sacó la daga de algún sitio, y en el momento que ella bajó la guardia, siguió la orden que había implantado en su mente.
La ira y la rabia la consumían mientras él solo lloraba y repetía que no quiso.
Se puso a gritar histérico, arañándose la piel del rostro, creando surcos sanguinolentos y gritando que le dolía, que acabase con su vida.
Sigrid lo tomó en un segundo del cuello, alzándolo en el aire, el fuego rugiendo en su interior.
Electra lo llamaba, quería salir a defender a su alma gemela.
Sigrid comenzó a apretarle el cuello con saña, el dolor de la herida, quemando en su pecho, perdiendo sangre y poder.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...