NARRADORA
Separó la mano temblorosa de sus labios y la miró frente a su rostro con incredulidad.
Goteaba del vital líquido carmesí hacia el suelo.
El chillido escalofriante de una serpiente siendo asesinada resonó en medio de las tinieblas.
Los ojos de Lucrecia miraron en esa dirección, incrédula.
No podía ser, maldición, no… ¡no podía haber acabado con uno de sus mejores hechizos!
—¡ASESINEN A ESE DESGRACIADO, AHORA, AHORA O NO LES DARÉ MÁS ALMAS EN PENA PARA DEVORAR! —gritaba, más histérica que las mismas pesadillas.
Lucrecia lo podía sentir, algo estaba sucediendo que se salía de sus planes.
Liberó todos los espejos, abriendo los portales de par en par.
De un momento a otro, ráfagas de poder mágico ondearon en el aire.
Clavó los botines con firmeza en el suelo, su cabello abanicándose mientras el vendaval azotaba con fuerza.
Subió las manos para taparse el rostro, achicando los ojos.
Ese poder oscuro que con tanto sacrificio había reunido estaba siendo… ¿engullido?
Lucrecia dio un paso atrás, ahora sí, con miedo genuino.
Manos oscuras, dedos como garras se movían atrapando las sombras.
Bocas sin fondo devoraban la magia negra que había almacenado.
Lo que creía el poder absoluto, la máxima evolución, estaba siendo consumido por enormes cosas que salían de las peores pesadillas, del odio en estado puro.
Rostros sin forma se giraron hacia ella, gigantes… gigantes oscuros, tocando el techo y reflejándose en los espejos quebrados.
Pelos negros desgreñados, cuencas vacías y rojas.
Los veía sonreírle siniestramente, helándole toda la sangre en las venas.
Nunca se había sentido así, ni siquiera cuando se adentró en la zona prohibida a capturar un poco de ese poder macabro.
No pudo evitar el temblor en todo su cuerpo, su mente frenética pensando en escapar.
¿Qué… qué rayos eran esas cosas?
Lucrecia no se quedaría a averiguarlo.
Este cuarto no era tan grande y, mientras más de esos monstruos surgían, su espacio se reducía, pronto estaría rodeada.
Con la sangre en sus manos, convocó runas en el aire, su voz gutural alzándose para recitar encantamientos enfebrecidos, estremeciendo el espacio y creando una brecha.
Intentó abrir la boca para recitar encantamientos, pero tuvo a Silas un segundo frente a ella.
La mano de él, con un guante negro lleno de púas, se clavó en su rostro, haciéndola sangrar y tapándole la boca de golpe.
—¿Qué se siente estar impotente en manos de un sádico hijo de puta? —Silas le habló, acercándose a sus ojos rojos llenos de pánico.
—. Mientras me obligabas a hacer todas esas aberraciones, siempre me pregunté por qué lo hacías. ¿Por qué te causaba tanto placer quebrarme de esa manera? Y ahora lo sé. Es intoxicante tener el control, ¿verdad?
Lucrecia no podía responder. ¡No podía ni moverse!
Y menos cuando algo comenzó a entrar por su boca: una magia corrosiva que devoraba todo a su paso.
Las lágrimas fisiológicas comenzaron a rodar por sus ojos.
El dolor en sus venas, en cada tendón y hueso, en cada célula, era insoportable.
Lo peor de todo era que sentía escapar la magia negra de su ser, su esencia de hechicera.
Todo su poder estaba siendo drenado por él.
—Nada de lo que te haga va a compensar lo que me hiciste pasar. No me va a devolver mi vida, ni la de mis padres, pero al menos moriré feliz de verte convertida en lo que más te encanta coleccionar —Silas escupía puro veneno en su cara, disfrutando de este momento que nunca pensó que llegaría.
El terror ahora era él. Su vida o muerte le pertenecía por completo.
—¿Qué te parece, Lucrecia Silver? Te convertiré en una elemental. Un ser débil, sin poderes mágicos, sin nada sobrenatural. Sin magia. Tú serás como todas tus víctimas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...