NARRADORA
Lucrecia luchó con todas sus fuerzas, pataleando mientras era alzada en el aire por la mano de Silas, rodeado por un manto oscuro de tinieblas.
Los espectros aullaban frenéticos, absorbiendo toda esa magia poderosa que el amo les dejaba llegar a través de su conexión.
Sus botines se sacudían con espasmos en el aire, las venas se traslucían como telarañas oscuras bajo su blanca piel.
Lucrecia no podía creer que su final llegaría así. No, no, ¡no podía morir así!
Con lo último que le quedaba de magia, con su última voluntad, pensó en explotar como una supernova.
Se llevaría a ese desgraciado a la tumba con ella.
Cerró los ojos, parecía derrotada, hundida, sin esperanzas.
¡Ahora! La magia vibró en su pecho, concentrada, el dolor desgarrándola por dentro, pero lo logró.
Lo lograría.
¡TÚ Y YO NOS IREMOS JUNTOS, CONMIGO, HASTA EL FINAL!
Rugió en su interior y abrió los ojos para darle una última mirada victoriosa.
No, no, ¿por qué se reía? ¡Vas a morir, infeliz! ¡¿Por qué te estás riendo?!
—No lo creo, maldit4 zorra. Esta vez no te dejaré hacerle daño a mi hombre —una voz la maldijo al oído.
—Mmmmnnnn —Lucrecia vomitó más sangre.
Las llamas aún quemaban en el espejo a su espalda, de donde el cuerpo de una mujer había surgido a través del portal con una espada mortal que ahora atravesaba su pecho.
El cuerpo entero de una de las brujas más poderosas quedó hecho una piltrafa.
La carne sana y rosada ahora colgaba de los puros huesos, arrugada como si miles de años le hubiesen caído de golpe.
Sin magia para sostener el cascarón de su belleza, salió a la luz su verdadera fealdad.
Miró hacia abajo, con la cabeza colgando, para ver la afilada hoja atravesando justo donde se acumulaba lo último de su magia, que ahora era consumida por completo.
Sigrid la vio caer de rodillas con un golpe sordo, las manos apoyadas en el suelo, manchada de sangre y escoria.
Con el odio profundo arraigado en su alma, sacó la espada con saña de su cuerpo sin ninguna contemplación.
Lucrecia cayó sobre las baldosas, derrumbada, muriendo.
Silas le había drenado todo su poder.
—Esto es por la puñalada rastrera de ese esclavo —le dijo, escupiendo sobre ella.
—Sigrid… —Silas se acercó enseguida con el ceño fruncido.
Sigrid lo miró, dando un respiro de alivio. Se había vuelto loca buscando un camino hacia allí.
Silas la abrazó con fuerza.
Sabía que ella era muy poderosa, pero olió su sangre y cuando miró su mano manchada en su espalda, casi enloquece.
—Es aquí —Silas le dijo, pateando con fuerza la placa de acero de la puerta, que se abrió como si fuese de papel.
Cuando Sigrid entró en ese lugar, el alma se le cayó al suelo.
Diosa, ningún castigo era suficiente para esta perra.
Subidos en lo alto, en lo que parecía un puente en las alturas, miró hacia las profundidades, donde decenas de ojos medio muertos la observaban desde el abismo.
El aire era pesado, denso, con el hedor acre que llenaba la estancia.
Un tufo intenso de miseria, desperdicios corporales y muerte, impregnaba cada rincón.
En medio de la oscuridad, muchos metros debajo de ellos, decenas de esclavos elementales estaban encadenados, amontonados unos encima de otros como animales.
Ojos apagados y rostros hundidos miraban hacia arriba con miedo y desesperación.
Algunos ni siquiera tenían fuerzas para alzar la cabeza, sus cuerpos debilitados al borde de la muerte.
—Sigrid, yo puedo hacerlo, sal de aquí —Silas le dijo, intentando tomar el látigo de sus manos.
No quería que ella estuviera allí, que su luz se ensuciara con la oscuridad de este lugar.
No quería que viera el horror que él conocía demasiado bien.
—No —Sigrid apartó su mano con firmeza, sus ojos irradiaban pura rabia.
Haló el látigo hacia ella, y el cuerpo de Lucrecia se movió como si fuese de trapo, cayendo a sus pies.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...