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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 273

Cuando Sigrid y Silas pasaron por la sala donde Lucrecia los había llevado la primera vez, presenciaron el desastre que había quedado detrás.

Así fueron avanzando a través de los mismos pasillos oscuros.

Sigrid no se sentía muy bien; esa puñalada a traición todavía ardía en su pecho, pero no quería preocupar a Silas.

Algo la hacía mantenerse pegada por completo a él.

Tenía miedo, esa era la verdad.

Le apretó la mano con fuerza cuando llegaron a la entrada.

Las estatuas de acceso estaban en la zona subterránea.

La brisa fría de la noche les daba en el rostro a través del enorme agujero sobre sus cabezas.

Silas estrechó su cintura, besando su frente con tanto amor, obsesionado por siempre sentirla cerca de su cuerpo.

Estaba por completo rendido ante esa mujer, solo lamentaba no verla por completo, mostrando su propio cuerpo.

Enormes alas oscuras brotaron como bruma de su espalda.

Se impulsó remontando las alturas con su Selenia siempre protegida a su lado.

Elevándose en el aire, miraban como seres superiores por encima de los altos setos del laberinto, que ahora se teñía de sangre por todos lados.

Aún podían verse algunas personas escapando.

Sigrid sabía que Renata aprovecharía para limpiar las amenazas, no solo de los Silver, sino de sus aliados, cualquiera que pudiera oponerse al poder de las Selenias.

—Silas, vámonos a casa —le susurró.

Bien poco le importaban las luchas de poder de esta época.

Había logrado su objetivo: acabar con la maldit4 de Lucrecia, vengar a Silas y satisfacer sus propios odios.

Además, liberó al esclavo, que al final comprobó que no tenía nada que ver con la misión de la Diosa.

Pero bueno, fue otra alma infeliz que salvó.

Las enormes alas batieron el viento, avanzando hacia la zona boscosa que rodeaba el laberinto.

Silas moría por tenerla bajo su cuerpo, desnuda para él, mientras le hacía deliciosamente el amor y le daba de su magia negra.

El anhelo de poseerla y amarla lo hizo apresurarse.

Sus ropas revoloteaban impetuosas y sus cabellos se movía con la brisa.

Los que lo vieron desde abajo, no pudieron evitar alzar la cabeza extasiados y quedarse asombrados mirándolo, tan majestuoso, increíblemente poderoso.

Negro y plata, mezclados como la noche y la luna, Silas era magnífico.

Solo que tenía una debilidad, y una muy grande.

Salían de entre la oscuridad de los árboles: la Reina Selenia, Brianna y su hija, la princesa Renata.

Ambas eran hechiceras diestras, conjurando los hechizos restrictivos que estaban capturando a Silas.

Él alzó la cabeza, enloquecido, y miró desesperado hacia Sigrid.

—¡¡MARCHATE, HUYE, NO VENGAS SIGRID, NO VENGAS!! —le rugió.

Sus ojos cambiaron a medianoche, y los intrincados patrones negros comenzaron a cubrir su piel.

Manos oscuras brotaron de su cuerpo, de su columna vertebral.

Las piernas hicieron por levantarse, y las garras de los espectros agarraron las cadenas doradas, los hilos mágicos que se enterraban en su piel, y comenzaron a empujarlos hacia arriba.

Su mayor miedo no era estar encarcelado, si no, no poder defender a Sigrid, que le hicieran daño, que la separaran de él.

Ante la idea de que la enviaran a su casa, sin él, Silas enloqueció.

El suelo comenzó a estremecerse con sus rugidos salvajes.

Parecía una bestia a punto de escapar de sus ataduras, pero ciertamente luchar contra dos Selenias adultas a la vez, no era ninguna broma.

Sigrid, ignorando el dolor agonizante, se abalanzó sobre Renata.

Era más inteligente comenzar con la más débil.

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