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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 276

NARRADORA

Mérida salió del interior de la casa con un farol colgando de sus viejas manos y, al verlos en las condiciones en que estaban, llenos de heridas, suciedad y sangre, abrió los ojos con asombro.

—¡Por todos los cielos!, ¿qué les sucedió a ustedes? —Se acercó a examinar a Sigrid.

Su piel estaba caliente, temblaba y sudaba con los ojos cerrados, pasando un gran dolor, luchando constantemente contra Electra.

—¡Necesito que cures a Sigrid con tus hierbas! ¡CÚRALA YA! —Silas rugió descontrolado, con todo un manto de oscuridad a su alrededor, a punto de salirse de las ataduras de la cordura.

Estaba pidiendo ayuda a una curandera elemental cuando, con su magia, él mismo podía sanar las heridas.

Pero sabía que no podía mantenerla dentro del cuerpo de Electra.

No sabía cómo hacer esa magia; solo conocía destruir y luchar. No era un mago real ni tenía esas habilidades.

—Tranquilo, tranquilo… No la alimentes aquí, es muy peligroso, mejor métela en la ca…

Las palabras de Mérida se quedaron atascadas en su boca.

Miró hacia arriba, de golpe, al cielo estrellado, con el ceño fruncido.

El relámpago iluminó sus viejas pupilas.

Algo se acercaba deprisa y era muy poderoso. Hasta ella podía sentir esa magia llena de enojo.

—No se pueden quedar aquí. No puedes luchar tan cerca del pueblo o terminarás arrasando con todo y, además, no estás en condiciones. Vamos, vamos, sígueme.

—¡No! Tengo que alimentarla ahora para fortalecerla…

—¡Te llevaré a un lugar más seguro! ¡No seas testarudo! —le gritó, tomándolo del brazo y jalándolo con ella.

Silas lo pensó por un segundo.

Sabía que los habían seguido, que la Reina Selenia se acercaba.

Tenía que proteger a Sigrid como fuera; no podía perderla.

Pero también tenía miedo de dejarla desprotegida, de confiarse un momento y que ella desapareciera de su vista.

Mejor esconderla por un momento, tal vez los dos y recuperarse.

Era lo más inteligente.

Se levantó con lo único que amaba en este mundo entre sus brazos y comenzó a seguir ciegamente a la curandera, que avanzaba internándose en el oscuro bosque, cada vez más intrincado y lejos del pueblo.

En su desesperación, Silas no detalló su andar rápido, vigoroso, sin rastro de cojera.

Ya sabía hacia dónde dirigirse; sentía la niebla oscura llamándolo desde una parte del lago.

Allí, más adelante, pasando la bruma que se elevaba sobre la superficie, estaban los límites de la zona prohibida, donde surgió esa magia tan destructiva por primera vez.

—Detente aquí. Nosotras no podemos avanzar más allá. Esa niebla negra es venenosa para nuestros cuerpos —señaló las tinieblas que se alzaban como un manto imposible de penetrar a unos metros más adelante sobre el lago.

— Sigrid está debilitada, pero puedes crear un camino para ustedes. Escuché un rumor de que en medio de toda esa magia negra, hay una isla que está limpia. Ahí pueden esconderse. No creo que nadie más pueda atravesar esto —le explicó.

Sin perder más tiempo, Silas se inclinó sobre su mujer.

—Mi amor, no, no llores, mi vida. Voy a ponerte a salvo, encontraremos la manera de encerrar a esa bruja —tomó sus mejillas humedecidas, besándoselas con todos los sentimientos tan profundos que sentía por ella.

Su luz, su todo, su vida, lo que impulsaba su solitario y negro corazón.

—No dejaré que te hagan daño, no llores, mi vida. Me duele el alma cuando lloras —juntó sus frentes, besando su nariz, creyendo que ella estaba asustada.

Sigrid cerró los ojos en agonía, estiró los brazos y se aferró a él con todas sus fuerzas, los nudillos en blanco mientras cerraba los puños agarrando su ropa.

Sentía que su alma se estaba destrozando poco a poco, quebrándose en miles de pedazos.

No podía soportarlo y no precisamente por lo que creía Silas.

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