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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 277

NARRADORA

Los ojos verdes, llenos de lágrimas y de sollozos contenidos, miraron hacia la mujer parada detrás de Silas, la supuesta curandera, pero bajo la luz de la luna, al fin, Sigrid descubrió su verdadero rostro.

Sabía que ella venía a enviarla de vuelta y no se resignaba a marcharse, pero sabía que, por mucho que resistiera, el pasado no cambiaría de la manera que ella deseaba.

—Te amo, te amo tanto… —le dijo entre sollozos, subiendo los labios mojados y besándolo con desesperación, abrazándolo contra ella, sintiendo por última vez su calor, el latido de su corazón.

—Nunca olvides cuánto te amo, nunca lo olvides. Tú no eres Gray, ni Umbros, tú eres Silas, mi Silas…

Las palabras no hacían justicia a sus sentimientos, a los sentimientos de ambos.

—Sigrid… —Silas, de repente, se quedó algo confundido al verla tan devastada—. ¿Te duele mucho?

—Sí me duele… me duele demasiado —ella le respondió entrecortada y él comenzó a entrar en pánico, mirando hacia su pecho, creyendo que la herida empeoraba, queriéndola revisar.

—Ve, ve a crear un refugio. Ya la Reina está sobre nosotros. Ve, Silas… ¡VE! —lo empujó, aguantándose con todo para no retenerlo, para no rebelarse con la maldit4 Diosa porque sabía que solo les traería más dolor y traumas.

Entendía que solo le complicaría las cosas.

Puede que la Reina Selenia no pudiera con él, pero la “ancianita” que estaba en el bote sí que podía hacerle frente, a ambos y, de hecho… lo haría.

Silas se levantó sin dejar de mirarla de manera obsesiva.

¿Por qué sentía que algo estaba muy mal, solo que no podía descifrarlo?

—Cuídala con tu vida —le dio una mirada gelida a Mérida, que asintió extrañamente, sin lanzarle algún sarcasmo.

Sacó sus enormes alas y voló raudo, internándose dentro de la niebla que nadie se atrevía a atravesar.

Sin embargo, esta le dio la bienvenida como si fuera el amo de la casa.

Silas comenzó a crear un camino, despejándolo con fuertes corrientes de viento que generaba con sus alas.

Sus espectros salieron a buscar la dichosa isla, y realmente, en medio de tanta tiniebla, había una zona despejada, con una hermosa isla en el medio.

Como un refugio a salvo, guardado por tanta malicia.

Él lo tomaría para él y su hembra. Así que, con prisas por regresar, comenzó a despejar la vía.

Sigrid se levantó, mirando a su ancha espalda, hasta que él se perdió en la oscuridad, en esa bruma que se movía peligrosa.

El bote comenzó a moverse peligrosamente.

—Eso fue lo que hice en el pasado, mis errores, con los que cargo, en este pasado que viniste a iluminar con tu luz. Tú eres la única que puede limpiar los pecados de las Selenias, de todos los seres sobrenaturales sobre esta tierra —Juno la miró como una madre, acariciándole el rostro con pesar.

Se merecía que Sigrid le escupiera en la cara todo su resentimiento. Ella misma se daba asco.

—¡No quiero limpiar nada, solo quiero estar con él y tú ahora lo vas a encerrar por milenios, maldit4! —Sigrid gritaba, le rugía y lloraba con tanta impotencia—. ¡Y si no me quiero ir, dame más tiempo, Juno, por favor, dame más tiempo!

—Lo lamento, mi Selenia, tu vida aquí acabó. Siempre supiste que no te lo podías llevar contigo…

Sigrid lo sabía, pero no se resignaba, no podía, todavía no podía.

Se quiso alejar de un salto y arrojarse al lago, escapar de las garras de Juno, pero ni siquiera pudo mover un músculo.

Sobre sus cabezas, la enorme luna llena se detuvo, acercándose más y más, como si fuese a estrellarse contra la tierra en cualquier instante.

La mano de Juno agarró su frente, manteniéndola inmóvil, y encantamientos antiguos se recitaban de sus labios.

Las lágrimas también comenzaron a caer de sus ojos azules...

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